Hace unos días, la Fiscalía confirmó el llamado a juicio a diez exdirectivos de la filial colombiana de Chiquita Brands por financiar grupos paramilitares del Urabá entre 1997 y 2004. Por el alboroto de los últimos acontecimientos en el país, la noticia no tuvo mucho eco y fue a dar a ese baúl lleno de eventos que no pueden ser analizados con profundidad y que, pese a ser más relevantes de lo que parecen, se terminan llenando de polvo en alguna esquina. Me parece de suma importancia volver al tema porque, de la misma manera que solemos manifestar nuestro desacuerdo con causas como el medio ambiente o la caída (y posterior levantada) de Merlano, los pecados de Chiquita son muchos y no sobra preguntarnos si vale la pena seguir comprando sus productos y en especial sus bananos: una fruta llena de vitaminas y tragedias.
En un artículo publicado por Allison Piper en la revista Harvard Political Review en junio de 2017, el imperio de Chiquita Brands es criticado en al menos cuatro frentes. Primero, desde hace un par de décadas la empresa ha sido asociada con un uso excesivo de productos nocivos para la salud y el medio ambiente (en especial en Guatemala y Honduras). Segundo, el impacto ambiental de la expansión de los cultivos en América Latina no ha pasado desapercibido y en algunos casos se ha sugerido que la empresa ha participado en el desalojo de campesinos de sus tierras. Tercero, como lo expresa Piper, la compañía ha tratado a muchos de sus empleados como le da la gana, y en particular a aquellos que han formado parte de sindicatos. Finalmente, Chiquita tiene antecedentes de corrupción y una amplia y distorsionadora influencia en algunos gobiernos de nuestro continente. Por ejemplo, en Guatemala parece que su influencia ha trascendido más allá de lo económico.
Si juntamos estos cuatro hechos con lo acontecido en Colombia, sobran las razones para juzgar moralmente a Chiquita y boicotear la compra de sus productos y su aparente e hipócrita frescura publicitaria que pareciera decir: “aquí no pasó nada” o “yo no fui”. Pero sí pasó y sí fue. Ni siquiera el grupo Bayer se muestra tan jovial con su glifosato y el casi inexistente daño que según dice puede ocasionar en la salud. La acusación de la Fiscalía sobre Chiquita habla de un crimen de lesa humanidad; es decir, lo suficiente como para preguntarnos si el único tipo de banano que ha cultivado la empresa en Colombia es el rojo, como si se tratara de una especie de símbolo de toda la sangre derramada en la zona.
Es evidente que no ha sido la única empresa en nuestro territorio que decidió firmar alianzas con este tipo de estructuras delictivas, y seguro que las sigue habiendo. Es más, ni siquiera en la Alemania de la posguerra desaparecieron las empresas que apoyaron de manera abierta a los nazis y algunas de ellas gozan hoy de un sorprendente reconocimiento internacional. Por desgracia, y una vez más, como sucede en muchas partes del mundo, como sucede en Usaquén con la venta de esas camisetas que tienen la cara de Pablo Escobar, la plata sigue mandando por encima de cualquier cosa: de la violencia vivida, de los muertos, de la memoria, de un futuro en paz.
No nos dejemos engañar. Los pecados de Chiquita son los pecados de muchos en este país y no podemos dejar que por hacer negocio se nos olvide lo dura y salvaje que ha sido esta guerra. Y no estoy hablando solo de las grandes multinacionales, sino también de las personas comunes y corrientes que están dispuestas a vender su vida de forma estúpida, como le sucedió al odontólogo de Merlano. ¿Tan mal odontólogo era que se jugó su carrera por esa absurda causa? Al tener este tipo de iniciativas, estas personas le han ocasionado y le siguen ocasionando un daño profundo a nuestra sociedad. Hay que detener a todos aquellos que se la pasan haciendo acrobacias en el límite de lo correcto sin importar su origen o condición: odontólogos, expresidentes, el que sea. No podemos desfallecer en hacer todo lo posible (o lo imposible) para ir cambiando esa tendencia y, por ejemplo, dejar de financiar y comer los bananos rojos de Chiquita en el país y en el mundo.