Hace unos días, hablé con una terapeuta amiga sobre los ya conocidos efectos nocivos de la pandemia en materia de salud mental. Es un tema que siempre me ha interesado y preocupado, y sobre el cual siento que vale la pena volver a escribir una columna más. Es casi un acto de responsabilidad moral recordar que con el confinamiento, la depresión y la ansiedad están muy presentes, y que nadie está exento en estos días de estrellarse contra un muro existencial. Lo importante es reaccionar de manera preventiva antes de tener el muro demasiado cerca.
La sensación de soledad, el temor a enfermarse, la incertidumbre de no saber qué va a pasar en los próximos meses y el aburrimiento son en muchos casos los detonantes de situaciones que se deterioran de tal manera que intentar detenerlas es casi imposible. Lo inquietante es que al no tener todas las herramientas y posibilidades para expresar lo que está pasando, la tensión de la vida cotidiana puede terminar transformándose en una espesa y negra nube de violencia. Por desgracia, como se ha repetido en permanencia, las principales víctimas de esta violencia física y sicológica suelen ser las mujeres y los niños, además de todas aquellas personas cuya diversidad no “cuadra” con la norma preestablecida por la sociedad machista, homofóbica, retrógrada, y excluyente en la que vivimos como sucedió con el joven Luis Álvarez Campuzano. Lo peor es que esa violencia, como el virus, no hace distinciones, se propaga por las redes sociales con facilidad y coloniza cualquier intención de paz interior.
Me decía esta terapeuta que tanto ella como un grupo de colegas están dispuestos a ayudar a todas las personas que necesiten hablar con alguien sobre lo que está pasando. Suena a propaganda, lo sé, y me disculpo de antemano con los lectores si así lo sienten, pero me parece que el gesto de estos profesionales en un momento como este es clave en términos de humanidad. El confinamiento en Colombia no sólo ha sido muy fuerte si se compara con otros países, sino también casi ineficaz si se tiene en cuenta su magnitud. Es evidente que el estar encerrados no provocó la situación actual; el problema ha sido y seguirá siendo la manera poco estructurada como se han soltado ciertas medidas, sumada a la pobreza y el rebusque cotidiano de todos aquellos que ven el quedarse en casa como el equivalente de morirse de hambre. Es muy fácil usar la etiqueta “quédate en casa” cuando se tienen las condiciones para hacerlo.
Como no será posible cambiar en un santiamén esta falta de rigor para establecer normas claras que permitan regresar a otra “normalidad” y mucho menos hacerlas cumplir, el llamado de los terapeutas es clave para seguir viviendo, proyectar su vida hacia algo diferente a pasar el día frente a las pantallas (cuando se tienen) y dejar de lado esa sensación de tener una deshilvanada errancia como la que le otorgó Álvaro Mutis a Maqroll El Gaviero.
A todas las personas que no se están sintiendo bien mentalmente, las quiero invitar a que busquen ayuda profesional: no se dejen amedrentar por esos tontos prejuicios que reducen a nada este tipo de ayudas, no aparenten que no está pasando nada cuando en el fondo saben exactamente que algo no va como debería, no esperen la vacuna como ese milagro que nos va a devolver la vida que teníamos.
El tiempo y el cambio son ahora y cuidar la salud mental es vital para seguir viviendo. Sentirse bien consigo mismo y con los demás es una muestra contundente de que somos más fuertes que la pandemia y de que estamos haciendo lo necesario para superarla.
@jfcarrillog