Y pese a haber hecho un esfuerzo por no salir, lavarse las manos, ponerse el traje de bioseguridad, mantener la distancia y dejar de ver a los amigos y a la familia, Colombia sigue confinada… Al comienzo cuando todo era nuevo, cada persona veía en el confinamiento una oportunidad para algo: para estar más con los hijos, para no tener que estar corriendo todo el día, para hacer otras cosas, para disfrutar de la vida en casa.
No sorprende que esa perspectiva frente a la novedad haya ido desapareciendo y, aunque se ha logrado tener una cierta dinámica para seguir viviendo, la energía no es la misma y mucho menos la incertidumbre de cuándo se puede volver a algo parecido a la vida de antes. Si la salud física ha sido un tema preponderante en estas semanas, preocuparse por la salud mental en este momento sigue siendo una obligación. Ni el trabajo, ni las series, ni la posibilidad de salir a dar una vuelta, ni la supuesta tranquilidad del hogar son suficientes para darle equilibrio a una vida que carece de futuro inmediato.
Y eso que todo lo anterior hace referencia a esas personas y/o familias que están viviendo la pandemia sin demasiados contratiempos. ¿Pero qué está pasando con los casos de violencia doméstica? ¿Qué está pasando con las crisis económicas en los hogares? ¿Qué está pasando con los menores de edad luego de haber dejado sus espacios de socialización?
Nadie puede hoy en día dar respuestas concretas a estas preguntas porque la política pública no ha hecho lo suficiente para cuestionarse sobre lo que puede estar pasando en términos de salud mental. A fuerza de andar prolongando las hoy anticuadas medidas draconianas de los primeros días, el desconfinamiento terminó convertido en una colcha de retazos sin norte alguno.
La ausencia de una manera sistemática y articulada de aprender a convivir con el virus es la imagen fidedigna de nuestra triste realidad. El problema no son el presidente o la alcaldesa o el senador de turno, el problema es la falta de estructura para pensar de formar sistémica y ser capaces de readaptar la vida a las nuevas circunstancias.
Parece un absurdo, pero es como si a nadie se le ocurriera que se necesita algo más que buenas intenciones para retomar el rumbo en medio de las circunstancias. ¿Quiénes son los expertos en salud pública que están ayudando a determinar los pasos a seguir? ¿Hasta qué punto las cifras que se tienen son reales y cómo se está trabajando con ellas? ¿De qué manera se le está haciendo seguimiento a las personas que estuvieron con alguien que tuvo el virus? ¿Existe ese seguimiento?
Es probable que si tuviéramos respuestas concretas a estas preguntas, no estaríamos en una situación casi peor que la vivida en los meses anteriores. ¿Y ahora? La estrategia que tienen nuestros gobernantes no parece ser otra que esperar: esperar a que descubran una vacuna, esperar a que no nos pase nada, esperar a que un día abran los colegios, esperar a que alguien tome una iniciativa otra que prolongar y prolongar lo improlongable…
Son muchas las personas desde diferentes escenarios que ha insistido en que no se puede enfrentar el virus desde el miedo y pese a todo seguimos en la misma lógica. El problema es que esa manera de pensar no nos ha movido un ápice de lo que criticaba hace un mes el columnista Mario Morales con su texto ¿Nada que hacer? Esta es quizás la única pregunta de las arriba formuladas que me atrevo a responder: Por lo pronto nada que hacer, esperar a que esto pase rápido…
@jfcarrillog