“Antes de que mis hijos llegaran a esta casa, llegó El Espectador”. Lo recuerdo perfectamente: así era la primera frase de la carta que mi familia le envió hace tres décadas a María Teresa Herrán, columnista del periódico en ese entonces, para informarle que iban a suspender la suscripción. Las razones de la cancelación estaban relacionadas con uno que otro desacuerdo con algunas opiniones y la decepción de sentir que se estaba perdiendo el espíritu del periódico.
El tiempo (el de las horas y minutos, y el de papel) pasó por nuestra casa mientras El Espectador luchaba por mantenerse vivo y, después de mucho esfuerzo, hoy más que nunca brilla por su trabajo “en bien de la patria con criterio liberal”. Las personas malintencionadas dirán que escribo esta columna para congraciarme con el periódico que me está dando la posibilidad de opinar y de compartir mi opinión con los lectores. Por favor no se equivoquen: no tengo ningún tipo de vínculo laboral o económico con El Espectador y tener este espacio representa para mí un gran honor y hago mi mejor esfuerzo para dar la talla. Así se los hago saber a todos aquellos que me preguntan sobre mi participación en el diario.
Mi intención es hacer un homenaje al periódico teniendo en cuenta la difícil situación que vive nuestro país y hacer visible cómo está luchando todos los días por abrirnos los ojos. No solo está defendiendo causas vitales en pro de la paz en Colombia, sino también está realizando un trabajo pedagógico esencial sobre lo que significa la libertad de opinión y la autocrítica para mejorar.
Son muchas las acciones que se están llevando a cabo en el periódico que dan fe de lo anterior: la lucha contra el machismo y el respeto por la diversidad sexual a través principalmente del espacio Las Igualadas, cuyas valientes denuncias han desmantelado casos tan flagrantes como el del periodista del diario El Colombiano y el del antiguo docente de la Universidad Nacional; la defensa del medio ambiente y de la vida con los pronunciamientos editoriales sobre el tema; el tono comprometido pero medido de la mayoría de sus declaraciones cuando se tocan asuntos sensibles de interés nacional; el espacio genuino y generoso con el lector de La redacción al desnudo (en el que hasta el mismo director es capaz de autocriticarse frente a todo el mundo en una sociedad donde aceptar los errores es signo de debilidad); la posibilidad de escribir como columnista invitado sin que exista el más mínimo cambio o comentario por parte de los editores sobre lo que se ha escrito; la opción de ser crítico frente a los editoriales realizando su propio antieditorial; en suma, la búsqueda habermasiana por el debate a partir de argumentos, de ideas formuladas para construir, de una intención contundente de trabajar para tener un mejor país. Pero no ese país que nos prometen los políticos cada vez que hay elecciones, sino un país de verdad que pese a su alto grado de violencia tenga la capacidad de reconstruirse y salir adelante.
Confieso que la idea de escribir esta columna nació precisamente de uno de esos antieditoriales. Se trata de un texto en el cual su autor le “jala las orejas” al periódico porque a sus editoriales “les está faltando un poco más de tranquilidad y tiempo de análisis”. Lo interesante acá no es solo que el periódico publique de manera abierta este tipo de comentarios y decida mantenerlos en línea el tiempo necesario para que sus lectores lo lean. Lo interesante son las razones que llevan al autor de este texto a manifestar su inconformidad y reclamar “más calma” al que considera el periódico “más sensato y ético de Colombia”. Esto significa que existe por su parte un sentido de pertenencia con el diario y una responsabilidad que lo invitan a estar atento con su devenir. Como colombiano interesado en las noticias de nuestro país me gusta y prefiero leer El Espectador antes que cualquier otro medio porque hace un esfuerzo por ser auténtico, reflexivo y real; porque se esfuerza por posicionarse en un “extremo centro”, como lo manifestó hace un par de años su director. Un extremo centro que respeta la diversidad del otro en un país donde casi todo es exceso y polarización.
Muchos lectores polarizados, tanto de izquierda como de derecha, encuentran el periódico incómodo y desde una de esas perspectivas existe la tendencia a tildarlo de mamerto. Es normal que no entiendan porque cualquiera de esos extremos nubla la vista y patrocina causas que o van en contra del bienestar de los colombianos o simplemente responden a los intereses de esos pocos que se terminan quedando con lo que muchos no tienen. Luego esos mismos lectores dirán que de todas maneras el periódico pertenece a no sé quién y que igual está claro que escribe fulanito y que entonces por eso se puede decir que… bla, bla, bla. Nada nunca será perfecto, pero tenemos la suerte en un país como el nuestro de tener un periódico como este y es clave ser conscientes de ello. Apoyarlo en todo sentido es lo mínimo que debemos hacer si queremos preservar la cordura, la opinión y la independencia. E insisto: este texto no parte de la intención de hacer una campaña explícita, nadie me pagó por esto y aún queda mucho por mejorar. Este texto pretende llegar a esas personas que todavía no han visto las bondades que defiende este diario. Ojalá que cuando nuestros hijos lleguen a la casa, los esté esperando El Espectador.
@jfcarrillog