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La vida irrespetada

27 de agosto de 2019 - 10:14 a. m.

A lo mejor el problema es solo mío y lo que considero muy peligroso y violento resulta normal para una buena parte de nuestra sociedad. A lo mejor no he podido entender del todo esa incongruente dinámica de manejar en el límite del riesgo sin respetar la vida del otro, sin darse cuenta de lo temerario que puede ser pasar una calle en una ciudad como Bogotá o de lo desesperante que puede ser algo tan sencillo como cambiarse de carril luego de haber puesto una direccional. En ese sentido, está claro que, aunque sabemos hacer uso de la máquina, somos incapaces de utilizarla con mesura y desde una lógica basada en el bien común. El uso del carro, de la moto, del camión, del bus nos ha sobrepasado y, como sucede con el celular, se han convertido en una burda extensión de nuestro cuerpo. Se maneja con los pies, pero sin cabeza: a duras penas somos capaces de respetar un semáforo; estamos lejos de entender las señales de tránsito; nos importa un comino si nuestra pericia es sinónimo de imprudencia.

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Pero esto no es todo. La dimensión anárquica de lo que nos sucede en relación con la vida en el tránsito se ve en todas partes y es tan diversa como nuestro país. Basta con ver a los usuarios de Transmilenio cuando deciden de forma salvaje saltar por las puertas donde se ingresa a los articulados con el fin de pasar más rápido la calle y evitar “perder tiempo” pasando por el puente peatonal. Sin pensar ni un minuto en su propia vida y en la de las personas que están manejando en ese momento, saltan al vacío como si se tratara de una piscina. Luego empiezan a correr de manera exasperada para llegar vivos al otro lado de la acera. Una vez más en ese momento la cabeza solo sirve para indicarle a los pies que se muevan con la mayor celeridad posible y no para actuar con la sensatez necesaria que dimensione el respeto a la vida; un respeto que termina siendo reducido a una mera banalidad.

Y con ejemplos como el anterior podríamos llenar todas las columnas de opinión del periódico: el chofer de la flota que decide adelantar en el túnel del Boquerón a alta velocidad y no dimensiona el riesgo que está corriendo, el camión que puede atravesar todo el país haciendo uso exclusivo del carril izquierdo, el policía de tránsito que anda buscando una mordida para arreglar el día, la absurda señal que indica conducir a 30km/h en un tramo de la carretera donde no hay razones para ello, el conductor que sin miramientos no tiene las neuronas suficientes para pisar el freno cuando ve que una familia con menores de edad está intentando cruzar una calle, y por el contrario, indignado, no solo pita con rabia, sino que además decide acelerar.

Cualquiera pensaría que estos ejemplos son más que suficientes para actuar de forma contundente en términos educativos y reglamentarios en un país que pretende vivir en paz. Pero la realidad es otra y en lugar de inquietarnos por todo lo anterior, hemos ido normalizando todas estas prácticas a tal punto que se nos han convertido en el pan de cada día. Lo que no hemos logrado entender es que este tipo de conductas están cargadas de una violencia que nos impide vivir con tranquilidad y que van en contra de lo “amables” que somos y de lo pacíficos que queremos ser como sociedad. ¿De quién es la culpa? De todas y todos sin excepción, pero en particular de nuestro sistema educativo, de un par de empresas relacionadas con el tema (como por ejemplo en el caso de las flotas) y de nuestros políticos de turno. ¿Y el Ministerio de Transporte en todo esto? Bien, gracias…

Lo peor es que cuando nos estamos dando cuenta de lo que está pasando e intentamos solucionarlo, las medidas que utilizamos siguen alejadas de nuestra realidad. Por ejemplo, a pesar de que el Programa de Gestión de la Velocidad (PGV) es un estudio serio sobre el tema y su implementación ha venido tomando algo de fuerza en los últimos meses, no se ha hecho lo suficiente en términos pedagógicos para que su mensaje se incorpore de manera contundente en nuestra conciencia colectiva. En el fondo el problema es que no hemos aprendido a entender lo importante que es manejar con conciencia y a velocidades adecuadas, no hemos entendido lo que significa ser un peatón responsable, no sabemos a ciencia cierta lo relevante que es en términos de vida respetar las normas de tránsito. Si las buenas intenciones no vienen acompañadas de campañas como las que promovió Mockus hace dos décadas, seguiremos gobernados por la anarquía. No lo estamos notando, pero nuestro comportamiento en las calles ha ido empeorando y no se está haciendo lo necesario para corregir el rumbo. Pese a que el país está intentando avanzar, temas como este se resisten al cambio y no sobra poner los puños sobre la mesa para salir de ese abismo típico de una Banana Republic.

@jfcarrillog

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