En la tradición cristiana, el mes de mayo es el día de la Virgen y, el segundo domingo, en la mayoría de los países del orbe católico, ese día está dedicado a todas las madres.
Siempre supuse que, la fuerza de esta tradición, provenía más del interés de los centros comerciales y de las fuerzas del mercado que de cualquier otra razón de origen histórico o religioso. Pero miren ustedes que, siendo cierta la primera de estas razones también lo es la segunda. Hesiodo ya contaba en su Teogonía que los griegos dedicaban un día a la diosa Rea, madre de Zeus, Poseidón y Hades, que ahí es nada, y en ese día parece ubicarse el origen de esta festividad que luego asumirían los romanos en honor a la diosa Cibeles y que, con el triunfo del cristianismo se incorporaría a la tradición cristiana en la forma que conocemos. Así parece que surgió, porque estas cosas siempre hay que ponerlas en cuarentena, y la sociedad de consumo lo impulsó.
Con todo, sea como fuere, y haciendo propia la crítica intrínseca a la mercantilización que se hace de esta fecha, me parece un día necesario. El momento en el que se reconoce la ternura, el afecto, la dedicación incondicional que tal cualidad otorga a las mujeres. Una madre es todo eso y mucho más. Es paciencia y resistencia. Paciencia en la educación de los hijos y habilidad para inculcar valores que los harán personas antes que cosas. Resistencia para afrontar los problemas con valor y sin desesperanza. Por eso, las madres, las verdaderas madres, son mujeres de acero: Duras y resistentes pero también flexibles y moldeables. Pueden ser severas pero siempre comprensivas y amorosas, de lo contrario, su naturaleza se desvirtúa.
Hace años, en una cárcel en un país extranjero donde prestaba ayuda como voluntario, conocí a madres magníficas. Mujeres de distintos lugares del mundo que, con el trabajo que desarrollaban en la prisión, enviaban dinero para la educación y bienestar de sus hijos. Y esa era su principal preocupación. A veces, redactaba las cartas que tenían a sus hijos por destinatarios y, con la excusa de ir al baño, lloraba allí para no hacerlo delante de ellas. Todas se encontraban en situación carcelaria por necesidades extremas y la mayoría, una vez abandonada la prisión, consiguieron sacar a sus hijos adelante. Con algunas sigo manteniendo contacto y, hace algunos meses, estuve personalmente con una de ellas. Quería que fuera uno de sus invitados en una celebración especial: Su hijo pequeño, aquel a que le escribía las cartas, se graduaba como ingeniero civil en una universidad de prestigio.
También conocí madres de presos a las que apoyábamos en lo que podíamos. Sus hijos eran, generalmente, una atenticas joyitas: asesinos de viles motivos, violadores, ladrones violentos sin respeto por la vida humana. Ese tipo de personas por la que un espíritu sensible no tiende a sentir compasión. Pero las madres eras madres y esos eran sus hijos. “Será lo que sea pero es mi hijo y lo quiero” era una de las frases típicas con las que aquellas madres, después de las visitas, se desahogaban con quien quisiera escucharlas. Sus ojos tristes que ya comenzaban a contar los días restantes hasta la próxima visita, lo decían todo. Sus hijos penaban y ellas sufrían por su condición de madre. Porque su amor era incondicional y auténtico.
Y también, de manera marginal, están las otras. Mujeres que traen al mundo hijos para no cuidarlos, maltratarlos o, simplemente, utilizarlos. Y no hablo de las mujeres, que por necesidad y en medios de dramas terribles, deben dar a sus hijos en adopción. Hablo de quienes maltratan y agreden a sus hijos, siendo pequeños pero también adultos, creyendo que su posición de madre le da derecho a cualquier cosa. Ellas sólo demuestran su falta de amor y compresión. Un fallo de la naturaleza, una minoría sin duda. No son madres sino meras engendradoras. Ya quisieran ser como las mujeres que conocí en esas cárceles.
@jfod