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Anotaciones sobre un cable cualquiera

06 de enero de 2011 - 09:56 p. m.

EN MAYO DE 2008, EL ENCARGADO de negocios de la Embajada de Estados Unidos en Madrid mandó un cable —confidencial, por supuesto: si no, no tendría gracia— sobre varios temas latinoamericanos.

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 El cable hizo parte de las revelaciones de Wikileaks; ahora sabemos de la opinión que por esa época tenía Bernardino León, secretario general de la Presidencia del Gobierno español, sobre Argentina (le preocupaba el populismo de Kirchner), sobre Bolivia (le preocupa el resultado del referendo del 4 de mayo de ese año) y, finalmente, sobre Colombia. “León dijo que la Colombia post-Uribe generaba ciertas preocupaciones”, se lee en el cable, “aunque hay gente sensata en la izquierda (por ejemplo Gaviria, el líder del Polo Democrático)”.

La Colombia post-Uribe, por supuesto, es la Colombia de Juan Manuel Santos, y no sé qué opiniones esté dando sobre ella Bernardino León, pero sí sé que esas opiniones no son las mismas que tenía hace casi tres años. Ni hace dos. Ni hace uno. Nadie se esperaba lo que ha hecho Juan Manuel Santos con los nueve millones de votos que recibió: ser un estadista. La sensación es rara: después de ocho años de exclusión, persecución y criminalización del disenso, es raro esto de tener un gobierno que no se tape los oídos cuando habla el otro lado. Después de ocho años de matoneo en política interior y cobardía en política exterior, Santos ha lanzado hacia fuera el mensaje claro de que la colaboración con Estados Unidos tiene ciertas proporciones, y adentro ha tenido un par de gestos frente al doble problema de la tierra y las víctimas de la violencia que permiten ver, por primera vez en lustros, a un presidente realmente dispuesto a hacer algo al respecto. Un liberal de verdad, así nos ha salido un presidente que venía montado en el caballo uribista: quién lo iba a decir.

Pero claro, la historia tiene un lado B, y es todo lo que simbólicamente está contenido en esas breves palabras del cable filtrado sobre la izquierda colombiana. Cualquiera se da cuenta de que las grandes sorpresas que Santos nos ha dado —y que han hecho que Antonio Caballero, por ejemplo, se pregunte sólo medio en broma si Santos será el único político de izquierda en este país— coinciden con las ideas que la mejor izquierda colombiana ha querido sostener durante los últimos ocho o doce años: el doble problema de la tierra y las víctimas de la violencia. Así que la acción de Santos sobre esos temas es al mismo tiempo una agradable sorpresa y una molesta constatación, porque lo que muestra, igual que el talante del nuevo presidente, es la incapacidad de la izquierda: incapacidad política, incapacidad comunicativa, incapacidad organizacional. Se trata de la misma carencia de proyecto que agobia a toda la izquierda europea y que ha permitido el crecimiento de los peores populismos desde el periodo de entreguerras.

Colombia necesita una oposición que se oponga, aun a los mejores presidentes, y una izquierda democrática que sea democrática y que sea de izquierda, y todo eso incluye la capacidad de generar credibilidad. Credibilidad, al parecer, es lo que no hay: la prueba es que ha sido Santos, llegado desde el otro extremo del espectro, el que ha hecho las cosas. La izquierda en Colombia tiene muchos enemigos: que uno de ellos, en esta presidencia, no sea ella misma.

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