«¿Qué está pasando con la popularidad de Santos?», se pregunta la última portada de Semana.
Abre uno la revista y se encuentra con un artículo serio en el cual se analiza una encuesta, se habla de la “aceleración en el descenso de la popularidad del presidente”, se asegura que “el descenso en la imagen del gobierno es hoy una alarma”. Y estoy seguro de que ahora mismo hay sesudos analistas gubernamentales dedicados a ver en qué se han equivocado y sesudos analistas de la oposición dedicados a averiguar cómo sacarle jugo a la noticia; pero sobre todo estoy seguro de que miles de ciudadanos están convencidos, de buena fe, de que los resultados de la encuesta son importantes para la vida política del país. Es más: habrá quienes crean incluso que sus resultados son la vida política del país. Nunca dejará de sorprenderme. En una de las frases más impopulares de su vida, Borges dijo que la democracia era un abuso de la estadística. Siempre he creído que estaba pensando en las encuestas cuando lo dijo.
Las encuestas son la mentalidad de rebaño elevada al rango de análisis político. No sólo es ingenuo creer que ‘reflejan’ realmente la opinión pública, sino que es una señal inequívoca de mediocridad intelectual considerar que una encuesta es un argumento político, que debe tenerse en cuenta a la hora de tomar decisiones políticas. Las encuestas son un atajo mental: son la negación del raciocinio, lo reemplazan y lo hacen superfluo; son el último refugio de la pereza. La dinámica entera de una encuesta está diseñada para evitar cualquier cosa que huela a pensamiento inteligente: las preguntas son tendenciosas o manipuladoras, aun sin quererlo, y cuando no lo son, tienden a simplificar cualquier asunto hasta la grosería; las respuestas, en cuanto a ellas, destierran todo matiz, toda sofisticación, toda sutileza, y no hay que ser un escéptico para saber que en ellas interviene, con total impunidad, bajo la protección del falso prestigio del porcentaje, el peor lado de nuestra condición humana: el prejuicio, el instinto, el sectarismo, la perniciosa ilusión de que la opinión mayoritaria es la opinión correcta.
Uno diría que la experiencia nos habría liberado de esa idea, aunque fuera por el descrédito en que han caído las ‘opiniones mayoritarias’ con el correr de la historia reciente. No es así. Todo el mundo sabe o recuerda que las mayorías se opusieron a la abolición de la esclavitud, las mayorías ‘creyeron’ que el capitán Dreyfus era culpable, las mayorías apoyaron la declaración de la Primera Guerra Mundial, las mayorías eligieron a Hitler, las mayorías ‘consideraban’ que lanzar la bomba atómica había sido lo correcto, las mayorías ‘pensaban’ que las mujeres no estaban listas para votar, las mayorías ‘creían’ que había armas de destrucción masiva en Irak y ‘juzgaban necesario’ el ataque preventivo. Y ni siquiera he comenzado a hablar del ‘Estado de opinión’: ese truco de manos barato con el cual Uribe le dio un nuevo significado a la palabra demagogia. Pero las encuestas, como el dinosaurio de Monterroso, siguen ahí: diciéndoles a los gobiernos qué tienen que hacer. Como si las democracias no tuvieran ya un tipo de encuesta válido y suficiente, el único que la gente debería mirar con respeto: eso que llamamos elecciones.