SIGUIENDO LAS ELECCIONES PRImarias en Estados Unidos, uno tiene que hacer un esfuerzo apreciable para recordar que el enfrentamiento Clinton-Obama no es por la presidencia, y que en alguna parte del paisaje hay además un candidato republicano.
En eso, los liberales y los conservadores han sido fieles a la tradición: los conservadores se unieron rápidamente alrededor de una figura y la defienden sin titubeos, con una certeza monolítica; los liberales se han dividido, como si fueran la izquierda española en la Guerra Civil o la izquierda francesa frente a Sarkozy o la izquierda colombiana en el año 2002. Y así van las cosas.
Pero no quería hablar de esto, sino del misterio que es para mí la figura de John McCain, un tipo tan intrascendente y soso que se ha borrado por completo de los medios. A cualquiera le parecería que un republicano así es el mejor contrincante que puede tener un demócrata en un país donde la política es sobre todo entretenimiento. Hablaba yo de eso con un periodista de Nueva York, y le decía más o menos lo mismo: que los demócratas tenían que estar contentos, porque pocas veces se había visto un republicano menos amenazante. Y el periodista me dijo: “Pues una de esas veces fue en el año 2000. Y el republicano era George Bush”.
Y es cierto. Ya lo hemos olvidado, pero hay que recordar quién era George Bush en el año 2000: la persona menos presidenciable del mundo. No tenía ningún mérito en su currículum, y cuando digo ninguno quiero decir ninguno: nieto de un senador, hijo de un director de la CIA que luego fue vicepresidente y luego presidente, Bush entró a las mejores universidades por influencias de su familia, se graduó de ellas con la peor calificación que es posible y recibió de su familia todo el dinero que pidió para montar negocios que fracasaron todos. Fue alcohólico y drogadicto, pero aceptó a Jesús en su corazón y, como cristiano renacido, llegó a la gobernación de Texas. También tuvo algo que ver el pertenecer a una de las familias más ricas del país en un estado declaradamente plutocrático.
¿Pero qué había hecho Bush con la plata de su familia hasta el año 2000? Lo más notorio, como lo cuenta Eliot Weinberger en un librito extraordinario llamado What Happened Here, es lo que no había hecho. El libro es una recopilación de artículos escritos a lo largo de la administración Bush. En uno de ellos, de enero de 2001, Weinberger describe al nuevo presidente por lo que se sabe de él. “No lee, no va al cine, no ve televisión, no escucha música de ningún tipo. A pesar de su riqueza, sus únicos viajes fuera de Estados Unidos han sido unas vacaciones de playa en México, un corto viaje de negocios a Arabia Saudita y un verano en China cuando su padre era embajador, y durante el cual se dedicó, según se ha informado, a ‘salir con las chinas’. Le gusta jugar solitario en un computador. Como gobernador, nunca leía los informes, sino que dependía de los resúmenes que le hacían sus subalternos; los detalles lo aburren”.
Pero este hombre, que es con toda certeza una de las personas más ignorantes que han pisado una presidencia, y además de las más incompetentes (su forma de expresarse es la de un niño de diez años, y un niño más bien tonto, si vamos a eso), derrotó en las elecciones a Al Gore, un tipo que conocía la política internacional y que había sido vicepresidente de la mejor economía de su país en mucho tiempo. Así que cuidémonos de los sosos. Y que los votantes de noviembre se cuiden también..