EN ESTOS DÍAS UN BLOG LITERARIO me preguntó cuál había sido mi lectura favorita de este año. Me tomé unos días para contestar, y en ese tiempo ocurrieron varias cosas.
El Vaticano echó por tierra el proyecto internacional de despenalización de la homosexualidad, condenando a muerte a los homosexuales de varios países con argumentos que, por no insultar, llamaré absurdos. El Senado eligió como Procurador a un hombre con un historial de intolerancia que casa mal con su cargo. Un juez de Cúcuta, amparado sin duda por ese mismo ambiente de integrismo católico que se vive en Colombia, se negó a cumplir la ley y la Constitución con el argumento de que a él su conciencia le decía que abortar está mal. Y al cabo de esos dos días no me quedó duda: el libro del año es Dios no es bueno, de Christopher Hitchens, que tiene como subtítulo esta especie de resumen: “Cómo la religión lo envenena todo”.
Yo prefiero cambiar la palabra religión por la palabra Iglesia: porque el problema no está en las creencias de la gente (que tiene todo el derecho a tenerlas y a practicarlas), sino al momento en que esas creencias salen de la esfera privada y se intentan imponer a la esfera pública. Cómo la Iglesia lo envenena todo: sí, es cierto. Envenena el intento de evitar que alguien sea asesinado por su gobierno debido a sus inclinaciones sexuales. Envenena la vida legal de un país, que debe basarse en el acuerdo social, representado por la Constitución y la ley, y acaba basándose en las creencias indemostrables de una fracción: es decir, en el desacuerdo social. Y envenena la convivencia: porque la Iglesia, por su propia naturaleza, es un organismo proselitista. Está firmemente convencida —como están muchos católicos— de que todos los que están fuera de ella son inferiores, o menos felices, o no saben lo que les conviene. Y se pasa la vida tratando de que esos perdidos vuelvan a la senda del bien.
“El nivel de intensidad fluctúa según las épocas y los lugares”, escribe Hitchens, “pero podemos formular como verdad que la religión no se contenta, y a largo plazo no puede contentarse, con sus propias afirmaciones maravillosas y garantías sublimes. Debe interferir con la vida de los no creyentes, o los heréticos, o los adherentes de otra fe. Puede que hable de la dicha del otro mundo, pero lo que quiere es poder en éste”. Para eso cuenta, por supuesto, con la colaboración o la connivencia de los partidos, muy conscientes de los beneficios que tiene tener la fe de su lado (el más notorio es el de evitar la engorrosa necesidad de dar argumentos políticos: basta hacer las cosas en nombre de “la moral” o “los principios” o “los valores”). Pero lo cierto, a pesar de que llevamos ya más de dos siglos comprobando los beneficios de que la Iglesia esté allá y el Estado se quede aquí, el asunto no termina de convencer a muchos.
Al final, la lectura del libro de Hitchens acaba comprobando lo que ya intuíamos: que la Iglesia es lo más opuesto que hay a la convivencia civil. Tiene que ser así, claro, porque la Iglesia, toda Iglesia, desprecia o mira con desconfianza todo lo que constituye la base de la sociedad democrática: el individuo como ente crítico, la libertad de conciencia, el derecho inalienable a una vida privada donde nadie, ni siquiera los poderes terrenales, pueda entrar.