HACE UNOS MESES ESCRIBÍ UNA columna sobre Borges y el accidente, ya famoso, que casi le causa la muerte a finales de los años treinta.
Borges, como se recuerda, iba subiendo las escaleras de su edificio; no se dio cuenta de que una ventana estaba abierta, y se abrió la cabeza con el marco de hierro oxidado; tras la fiebre y la septicemia, tras las alucinaciones y el sufrimiento, tuvo miedo de haber perdido sus capacidades intelectuales. Y su reacción fue por lo menos curiosa: pensó que, si trataba de escribir poesía o ensayo —los géneros en que ya era un maestro precoz— y fracasaba, su tristeza sería infinita; si trataba de escribir ficción y fracasaba, siempre podría achacarlo a su inexperiencia con el género. Así que escribió su primer cuento. No le salió mal, y luego vinieron los que vinieron.
Tengo un entusiasmo pueril por estas especulaciones literarias: ¿qué habría pasado si Borges no se hubiera abierto la cabeza? ¿Nos habríamos quedado sin varias de las grandes ficciones de este siglo? Son preguntas más bien insensatas, por supuesto, porque falsean la relación que hay entre los hechos biográficos y la creación literaria, pero ningún lector de Borges es insensible a la posibilidad cósmica de un mundo sin los cuentos de Borges. Pues bien, en estos días releí un relato que Pedro Gómez Valderrama publicó en 1970, y no he dejado de perder el tiempo especulando. El título es “En un lugar de las Indias”, y en él Gómez Valderrama imagina que Cervantes, tras ser nombrado contador en Cartagena de Indias, atraviesa el Atlántico en el galeón Santiago, se enamora de una mulata llamada Piedad y escribe en secreto. Llena legajos enteros, montañas y montañas de papeles, sin jamás darlos a la imprenta. Tras librarse de una muerte por tabardillo, el viejo Cervantes regresa a España, “consumido en el alcohol y la sensualidad de la mulata” y llevando a cuestas su fracaso de escritor, y acaba su vida visitando a un hombre llamado Alonso Quijano, que le lee un relato extraordinario cuya redacción acaba de terminar: la aventura en ultramar de Miguel de Cervantes.
Hay en esta vuelta de tuerca —tan parecida a esa otra de Kafka en que la historia de Don Quijote es una invención de Sancho— una imagen que me gusta particularmente: la de los folios acumulándose año tras año en el escritorio del contador Miguel de Cervantes. ¿Qué hubiera podido contener ese manuscrito? Nadie puede ser insensible a su contenido: podemos imaginar que Cervantes no hubiera escrito el Quijote en Cartagena de Indias, pero no podemos imaginar que Cervantes no hubiera escrito, que hubiera dejado de escribir. ¿Qué hay, entonces, en esos folios? ¿Comedias fracasadas como las que escribió en Madrid antes de viajar, esas veladas autobiografías para la escena con títulos como Los tratos de Argel o La batalla naval? ¿Sonetos y más sonetos de calidad dudosa, parecidos a aquel que dedicó a la reina Isabel a los veinte años y donde leemos versos como “Serenísima reina, en quien se halla / lo que Dios pudo dar a un ser humano”? Ustedes imaginarán lo que quieran, pero para mí la cosa está muy clara: esos papeles manuscritos que hay en el escritorio del contador de galeras son una de las más brillantes crónicas de Indias jamás escritas en el Nuevo Mundo.
Es una lástima que se haya quedado inédita.