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El mundo islámico: ¿y ahora qué?

03 de marzo de 2011 - 10:00 p. m.

GADAFI, ARRINCONADO, LANZA GRItos histéricos sobre el amor que le tienen todos los libios y defiende Trípoli como puede, pero su salida ya parece estar a la vuelta de la esquina.

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En ese momento faltará ver qué sucede con Ali Abdullah Saleh, presidente yemení, quien por estos días anda negociando con una espada sobre la cabeza. Cuando eso suceda, un primer ciclo —lo que parece ser un primer ciclo— de revueltas liberales en el mundo árabe habrá terminado. Salvo que no habrá terminado: lo que habrá entonces, a pesar de los augurios, no será todavía una democracia, sino un vacío de poder y un caos político, miles de ciudadanos haciéndose al mismo tiempo y en voz más bien alta la misma pregunta: ¿y ahora qué?


La respuesta no es fácil, porque estas revoluciones tienen más de un pliegue oscuro. Para empezar, la triste ambigüedad de Occidente, Dick Cheney llamando a Mubarak “un buen amigo” y elogiándolo como “aliado de Estados Unidos”… La tibieza incómoda de Obama se debe a esa presión de parte de los conservadores: como dijo Roosevelt (o tal vez fue Hull) de Trujillo (o tal vez fue de Somoza), el dictador defenestrado en El Cairo podía ser un desgraciado, pero era nuestro desgraciado. El Egipto de Mubarak y la Libia de Gadafi fueron diques de contención contra el expansionismo de Al Qaeda, y la política exterior norteamericana lleva décadas premiándolos por eso (en los años 80, Ayman al-Zawahri fue detenido por el régimen de Mubarak y torturado, y recibió una estrella de buen comportamiento en su libreta de calificaciones). Ni Estados Unidos ni nadie quiso darse cuenta de que el fundamentalismo debe el poder que tiene en Libia y Egipto a esa sociedad sin aire, cortesía, precisamente, de Mubarak y Gadafi.


Es muy seductor, por supuesto, ver las revueltas como una sonora derrota de Al Qaeda. Después de todo, Ayman al-Zawahri llevaba años tratando de echar abajo a Mubarak, y he aquí que una revuelta popular lo hace en una semana prescindiendo casi por completo de las armas de Al Qaeda: la religión y la violencia. ¿Está Al Qaeda volviéndose lentamente superflua? Aun si ése fuera el caso, nada asegura que la consecuencia de las revoluciones sea la democracia que esperan buena parte de los árabes. Ahí está, por ejemplo, la Hermandad musulmana, que puede jugar un papel importante en la incipiente democracia egipcia. La Hermandad se opone a Al Qaeda, sí: pero eso no quiere decir que los derechos de las mujeres y la libertad religiosa formen parte de su ideario.


De manera que no hay garantías. Lo que sí hay es optimismo, un bien suntuario en Libia y Egipto. Hisham Matar, el escritor libio gracias al cual he conocido las pequeñas historias de esta revolución (las que no aparecen en los noticieros), me mandó el otro día unos versos de Ricardo III, de Shakespeare:


Ese perro, que tuvo dientes antes que ojos


Para afligir a los corderos y lamer su dulce sangre,


Ese turbio destructor de la obra de Dios,


Ese grandioso tirano de la tierra


Que reina en ojos encendidos de almas que lloran…


Puede que los versos no parezcan optimistas, pero lo son. A renglón seguido Matar me dice: “Estoy durmiendo mejor”.

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