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Encerrados en el convento

02 de junio de 2011 - 06:00 p. m.

HACE UN PAR DE AÑOS ME HICIEron una de las invitaciones más curiosas que me ha tocado recibir, y en estos días, por razones que no vienen al caso, la he vuelto a recordar.

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La misión era curiosa: un grupo de novelistas latinoamericanos se metería en un convento de Extremadura para hablar durante cuatro días de los libros de Juan Carlos Onetti. Así sucedió. Allí, entre los gruesos muros de piedra invulnerable de un convento religioso-militar, hablamos de una serie de libros donde las putas son protagonistas y todos los hombres, de alguna manera, quieren ser macrós; allí, en un edificio donde en otro tiempo reinaron los valores de la religión, el ejército y la patria, hablamos durante cuatro días de los libros de un desencantado que siempre desdeñó cualquier forma de patriotismo, un exiliado que sufrió la violencia de una dictadura militar, un agnóstico que, lejos de adorar a un dios cualquiera, decidió él mismo inventar a su pequeño dios particular. Le puso el nombre de Juan María Brausen y lo echó al mundo para que él, sin más ayuda que el deseo de escapar del mundo, creara una ciudad entera, Santa María; para que él, que en su vida se había acercado tan poco a la divinidad, inventara una ciudad cuyos ciudadanos le rezan en las noches: “Brausen mío, que estás en los cielos…”

De alguna forma, la reunión en el convento fue una manera retorcida y por lo tanto onettiana de rezarle a Brausen, y no se me escapa el profundo escepticismo con que Onetti hubiera contemplado estas conversaciones. Onetti se burlaba (a veces con más cariño y otras con menos) de la gente que iba por ahí hablando de literatura, básicamente porque él hablaba muy poco. Hay una foto famosa que siempre me ha parecido una metáfora de su posición en la literatura latinoamericana: alguien la tomó a principios de los años sesenta durante el congreso del PEN en Nueva York, y en ella se ve a un círculo de latinoamericanos —está Vargas Llosa, recién estrenado con La ciudad y los perros, y está Fuentes—, todos escuchando con atención y mucho respeto a Pablo Neruda, que ya para ese momento tenía el estatus de Papa literario de América Latina. Lo que llama la atención de la foto es la figura de Onetti, que no está en el corrillo, como los otros, sino que ha dado un paso atrás (o ha permitido que los demás den un paso adelante), y no parece decir nada, sino limitarse voluntariamente a ser testigo pasivo de los hechos, mirando con sus gafas gruesas de marco grueso, con una distancia que se parece mucho a la ironía.

Así que fueron cuatro días encerrados en ese convento, en medio del septiembre más caluroso que la región recordaba en muchos años, a pocos pasos del río Tajo y a pocos kilómetros de Portugal, cuatro días en que Onetti o su fantasma estuvieron presentes constantemente en nuestras conversaciones y, mucho me temo, también en nuestras soledades. Y no sé si hayamos sacado algo en claro —es más: espero que no hayamos sacado nada en claro—, pero sí sé que por una vez, por una rara vez, la solitaria actividad de la lectura, que a muchos  nos gusta precisamente por lo que tiene de solitaria, nos empujó a todos al mismo espacio, como si hubiéramos ido al monasterio a velar a un amigo muerto. Que no lo está, claro. Onetti está vivo, muy vivo. De eso, por lo menos, nos dimos cuenta.

 

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