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La crónica, o cómo ponerle cercas al río

01 de marzo de 2012 - 02:32 p. m.

«Vamos a comenzar una revista», me dijo Rafael Molano en 1999. «¿Quiere escribir para el número cero?».

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Las ambiciones del proyecto eran desmesuradas: Molano y los otros conspiradores querían inventarse una publicación en que tuvieran cabida textos narrativos largos y literarios, artículos que se pudieran leer, sin pérdida ninguna, meses después de publicados. “Pero no cuentos”, me aclaró Molano. “Es una revista de periodismo literario”. Anotó en un papel amarillo un título y me dijo: “Vaya y cómprese este libro, y después hablamos”. El libro era Los periodistas literarios o el arte del reportaje personal, una antología de grandes crónicas —Joan Didion, Tom Wolfe, Mark Kramer— a cargo de Norman Sims. En un prólogo militante, Sims describía, definía y explicaba la naturaleza de esa forma narrativa que mezclaba el rigor fáctico del periodismo con las herramientas técnicas y las libertades formales de la ficción. En el país de García Márquez, no se puede decir que el asunto fuera rigurosamente nuevo; sí lo era, en cambio, la voluntad de convertir aquel género híbrido en el centro de una publicación, y de hacerlo, además, con una clara conciencia teórica, una suerte de manual de instrucciones en la mano.

La revista —¿tengo que decirlo?— era Gatopardo, que vino a sumarse a El Malpensante en esa militancia. Hoy, trece años después, éstas y otras revistas latinoamericanas —Etiqueta negra, por ejemplo— han confirmado que el género de la crónica (o del periodismo literario, o del reportaje personal, o como lo quieran llamar ustedes) ha cobrado en nuestro continente una presencia y una riqueza sólo comparables con lo que pasa en Estados Unidos. Nadie puede saber si las revistas que la publican existen porque hay escritores que la escriban, o si los escritores la escriben porque hay revistas que la publican. Pero uno saca la cabeza por la ventana y lo ve: en cuestión de una década larga, la crónica se ha instalado entre nosotros con plena identidad. Puedo echar mano de muchas pruebas, pero escojo una: la Antología de crónica latinoamericana actual que acaba de hacer Darío Jaramillo Agudelo, una constatación en seiscientas páginas de este momento privilegiado cuyo rasgo más notorio no es, me atrevo a decir, el género mismo, sino la reflexión constante que llevan a cabo los propios cronistas sobre su oficio. La crónica es, en ese sentido, el género más dado a psicoanalizarse: todo el mundo tiene una definición, todo el mundo teoriza o razona, todo el mundo explica y separa y discrimina. Para García Márquez, la crónica es un cuento que es verdad. Para Toño Angulo Danieri, es una hija incestuosa de la historia y la literatura que “existe desde mucho antes que el periodismo”. Para Juan Villoro, la crónica es el ornitorrinco de la prosa.

Estas aproximaciones —y otras más— están en el prólogo de Jaramillo, cincuenta páginas empeñadas, con la ayuda de Norman Sims y de los mismos cronistas, en ponerle una cerca al río donde nada el ornitorrinco. Lo que le sigue al prólogo, cercas aparte, es simplemente buena o gran literatura, y así, espera uno, habrá de ser leído el libro. Yo, por lo pronto, lo voy leyendo como una caja de sorpresas donde de vez en cuando salta una obra maestra. El ornitorrinco, mientras tanto, sigue su camino.

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