EN LOS FELINOS DEL CANCILLER, la novela de Moreno-Durán de la que hablé hace una semana, hay esta línea magnífica: "¿Qué es la diplomacia sino el eufemismo elevado a Razón de Estado?".
La pregunta ha cobrado un nuevo sentido tras las filtraciones de Wikileaks, y ahora nos corresponde a los ciudadanos sacarle un sentido a todo este desorden. Porque lo que acaba de pasar —la revelación de unos 250.000 documentos políticos y diplomáticos del Departamento de Estado de Estados Unidos— ha transformado para siempre la relación entre los gobernados y quienes los gobiernan. Y para mí que nos vamos a tardar una generación entera en comprender bien qué significa lo que estamos viendo.
La filtración es un gran momento histórico. La filtración es un desastre internacional. La filtración es un escarmiento a décadas de hipocresía de la parte de los poderosos. La filtración echa por tierra décadas de esfuerzos diplomáticos. La filtración es el primer paso hacia una verdadera política de la transparencia, y sus responsables son gente valiente a la que deberemos mucho. La filtración es un acto de terrorismo, y sus responsables tienen desde ya las manos manchadas de sangre. En resumen: de un lado, el entusiasmo ciego de una ciudadanía que durante demasiado tiempo se ha sentido víctima de la hipocresía sin remedio y las mentiras descaradas de la clase política; del otro, la vieja retórica de la Seguridad, escrita con mayúscula e idolatrada como poder supremo, ante la cual todos los demás valores deben ceder el paso.
Pues bien: ni lo uno ni lo otro. Y permítanme, como decía un amigo, que comience por lo otro: el Dios de la Seguridad y el supuesto atentado que se ha cometido contra él. El funcionamiento de Wikileaks es muy sencillo: cualquiera que tenga acceso a materiales de interés puede depositarlos, de manera completamente anónima, en un lugar virtual; la gente de Wikileaks, según nos dicen, somete el material a procesos periodísticos de comprobación; y todos ellos se comprometen, según nos dicen, a no revelar nada que ponga en peligro la vida de nadie. Y sin embargo la reacción unánime, tanto de parte de Hillary Clinton como del establishment entero de la política norteamericana, es calificar las filtraciones de antipatriotas, decir que le hacen el juego al enemigo.
Es un argumento viejo. Ya se usó, por ejemplo, en 1971, cuando se publicaron los Papeles del Pentágono sobre la intervención norteamericana en Vietnam: el informe filtrado demostró que cuatro gobiernos de Estados Unidos habían mentido sistemáticamente acerca de la guerra, por no hablar de los crímenes cometidos. Al New York Times, el primero en publicarlos, se le acusó de poner vidas en peligro; pero, lejos de causar daño a nadie, la publicación de esos documentos generó un debate público de importancia y, hoy lo sabemos, pudo incluso salvar vidas al acelerar el final de una guerra obscena y al obligar a la clase política a asumir responsabilidades, a aceptar la imprescindible vigilancia por parte de la sociedad civil. A recordar, en fin, que son los ciudadanos quienes les han permitido el poder, y esos ciudadanos tienen derecho a saber qué se hace y cómo se hace con ese poder que han cedido. Lo contrario es la omnipotencia, y ya se sabe: quien todo lo puede, nunca hará sólo lo que debe.