“ES EL SUEÑO DEL HISTORIADOR”, escribía Timothy Garton Ash hace unos días.
“Es la pesadilla del diplomático”. Se refería, por supuesto, a las filtraciones de un cuarto de millón de documentos de la diplomacia norteamericana por parte de Wikileaks. Hace una semana escribí que este acontecimiento —porque es eso, un acontecimiento— no era el acto terrorista que muchos han pintado, y que darle a la ciudadanía una comprensión renovada y directa de lo que hacen los políticos con el poder que se les cede (poder sobre nuestras vidas) no es algo que pueda ser desechado simplemente como la obra de un narcisista irresponsable. Pero decía hace una semana que el asunto tiene dos lados, como casi todo en política, y tampoco el otro lado admite simplificaciones. A ver si me explico.
La cruzada personal de Julian Assange, el australiano fugitivo que está detrás de las filtraciones (y que a la hora en que escribo tal vez ya se haya entregado), tiene un objetivo claro y que parece incontrovertible a primera vista: destruir el secreto, propugnar o perseguir la libertad completa y sin reservas de la información. Assange, un hacker que se ha acostumbrado a mudarse para que sus perseguidores le pierdan la pista, se basa en la premisa de que todo secreto es malo y la transparencia total es el estado ideal de todo gobierno democrático. La palabra clave es seguridad: para sus detractores y perseguidores, Assange representa una amenaza contra la seguridad de Estados Unidos y sus socios; para sus simpatizantes sin beneficio de inventario, la seguridad verdadera es un mundo sin secretos, un mundo donde todos lo sepan todo de todo. Esto es simplemente ingenuo.
Porque el secreto en política no es, como parece creer Assange, una invención del Departamento de Estado. Muchas de las reacciones a las filtraciones han ido acompañadas de vestiduras rasgadas y sonoros golpes de pecho: gente que descubre de repente que los gobiernos se dicen mentiras, y a algunos columnistas les ha tocado la penosa tarea de recordarnos que la cosa no es nueva, que la duplicidad y el secreto existen desde que existen los gobiernos y, lejos de ser meros gajes del oficio, son consustanciales a él. Un mundo de total transparencia política, un mundo donde todos digan la verdad y declaren abiertamente sus intenciones, no sólo no es posible: tampoco es deseable, y quienes lo desean suelen ser quienes preferirían también un mundo donde todos los ciudadanos nos dijéramos constantemente la verdad. Un mundo invivible, claro: los individuos necesitamos un grado de mentira y aun de hipocresía para sobrevivir en la vida diaria.
“El sueño del historiador”, decía Timothy Garton Ash. Pero los historiadores saben, porque enterarse ha sido su trabajo, de la cantidad de problemas o francas desgracias que las sociedades modernas (y no tanto) han evitado gracias a buenos trabajos de inteligencia y diplomacia. La diplomacia es imposible sin secretos y nuestro mundo es imposible sin diplomacia. Un amigo, diplomático en un país europeo, me decía el otro día: “Lo de Wikileaks ha eliminado tres palabras sin las que no se puede hacer política seria: off the record”. Si lo de Assange contribuye a gobiernos menos abusivos y más responsables, tanto mejor. Pero que no se pierda el off the record, por favor. Que no se pierda.