HACE UNOS DÍAS, MIENTRAS SE ENcontraba todavía en paradero desconocido, Julian Assange dio una entrevista —vía Skype, como no podía ser menos— a la revista Time.
La transcripción lo retrata bien: entre ingenuo y corajudo, Assange suelta varias cosas de interés, varias generalidades superfluas, varios lugares comunes y una que otra contradicción, como cuando le preguntan si hay alguna instancia diplomática en que el secreto sea necesario y él responde: “Sí, claro. Mantenemos en secreto la identidad de nuestras fuentes”. Pero lo más interesante es una frase que Assange deja caer en un momento de curiosa franqueza en medio de otras respuestas que parecen preparadas por un jefe de prensa. La revista le pregunta qué efecto espera lograr con las últimas filtraciones, y él dice: “El escrutinio mediático y la reacción gubernamental son tan tremendas que eclipsan nuestra capacidad para entenderlo”.
Y ésta ha sido una de las pocas evidencias de estas frenéticas semanas: no entendemos. La magnitud de lo que no entendemos es tal que nuestra manera de ver la política, la diplomacia y sobre todo el periodismo está cambiando constantemente, a veces durante el mismo día. Yo he tratado de sugerir en las últimas columnas que el asunto Wikileaks no admite aproximaciones facilonas ni maniqueas: Assange y los suyos han dado a los ciudadanos una oportunidad impagable de constatar los engaños de que son víctimas, a veces de manera dolosa, pero también han dificultado, y mucho, el desempeño futuro de la diplomacia. Y lo mismo sucede con el periodismo. He leído en más de un sitio una reacción inverosímil a todo este asunto: las filtraciones son una bomba que ha matado el periodismo tradicional, dicen; el periodismo tradicional ha quedado obsoleto, dicen otros. El mundo, en resumen, ya no necesita los periódicos, esos símbolos del elitismo de la información, y está listo a mudarse a un tiempo informático en que la información es libre y no tiene intermediarios.
Pues no estoy tan seguro. Las filtraciones de Wikileaks, lejos de anunciar la muerte del periodismo tal como lo conocemos, han convertido el buen periodismo en una necesidad urgente. Julian Assange no tenía por qué salir de su propia página web para divulgar los cables del Departamento de Estado: llevaba ya cuatro años publicando filtraciones en internet. ¿Por qué lo ha hecho? Primero, porque el periodismo serio le ha dado a la filtración una especie de coraza protectora: es fácil desdeñar a Assange, como han hecho tantos, diciendo que es un oportunista, un narcisista y un resentido, pero es más difícil acusar de lo mismo a Le Monde, a El País, al New York Times, a Der Spiegel y al Guardian. Y segundo, porque la filtración de doscientos cincuenta mil documentos de naturaleza tan variada, desde los más frívolos hasta cataclismos políticos cuyas consecuencias están por verse, exige algo que ni Assange ni su organización parecen capaces de hacer: interpretar. Pensar en los documentos, analizarlos, ponerlos en su necesario contexto —y antes de eso darles un contexto—: todo eso es lo que han hecho los periódicos que Assange escogió. Y sobre todo es lo que han hecho los periodistas, que se han quemado las pestañas durante quince días para tratar, una vez más, de que el brutal desorden del mundo tenga un sentido.