Dice el expresidente Álvaro Uribe Vélez, hablando para un periódico alemán: “Soy un hombre firme y no tramposo”.
Dice Ilva Myriam Hoyos, procuradora delegada para la Infancia y la Familia: “La Procuraduría ha garantizado los derechos fundamentales de la población LGBTI”. También las Farc dijeron hace unos años que no, que ellos no secuestraban, y yo he visto a intelectuales decir en público, de viva voz o por escrito, que la Venezuela de ahora no es más insegura que la Venezuela de hace 15 años, que lo del desabastecimiento es mentira y que la censura no existe. Todo esto me parece fascinante: más allá de la honestidad de quienes pronuncian esas palabras —es decir, de la conciencia que tengan de estar mintiendo—, los anteriores ejemplos son fascinantes momentos de ficción.
Yo he dedicado todos los años de mi vida adulta a pensar en la ficción: por qué es tan importante para nosotros, por qué las historias que nos contamos forman una parte tan determinante de nuestra experiencia, por qué invertimos tanto tiempo y energía en preocuparnos por el destino de personajes que nunca han existido. Pero en los últimos años, otro asunto me ha ocupado con frecuencia: cómo se las arregla la ficción para desbordar los límites a los que nos hemos acostumbrado —las novelas, las películas, el teatro— e invadir muchos otros territorios de nuestra experiencia. La política es, por supuesto, el caso más notorio (a veces pienso que es también el más insolente). La política, sobre todo en países donde prima la superstición sobre la razón, donde los temperamentos fanáticos tienden a predominar sobre cualquier asomo de prudencia, es un escenario donde se arman con mucha facilidad versiones ficticias de la realidad que suplantan eso que llamamos, a falta de mejor palabra, la realidad real.
Uribe fue el presidente de la trampa. Trampa para reformar la Constitución en su propio beneficio dos años después de decir que no lo haría. Trampa para conseguir los votos necesarios para esa reforma. Trampa en la utilización de la diplomacia colombiana como moneda de cambio. Trampa en los espionajes a magistrados que tienen a la Nación pagando indemnizaciones. Se rodeó de tramposos que están ahora en la cárcel o en el extranjero, en la triste condición de prófugos. La cultura de la trampa llegó a tener nombre: el todo vale. Pero Uribe dice: “No soy tramposo”. Por su parte, la Procuraduría de Alejandro Ordóñez les ha declarado la guerra a los derechos de los homosexuales, empezando por el derecho a uniones reconocidas legalmente: entutelando las que se den y promoviendo activamente entre los notarios la objeción de conciencia. Pero Ilva Myriam Hoyos dice: “La Procuraduría ha garantizado los derechos fundamentales de la población LGBTI”. Y los simpatizantes de ambos, los de Uribe y los de la Procuraduría, fingen no darse cuenta del abismo profundo que se abre entre las palabras y la verdad. O para decirlo de otra forma: entre la ficción y la realidad.
En la última novela de Juan Esteban Constaín, El hombre que no fue Jueves, me encuentro con dos epígrafes que vienen al caso. Uno es de Chesterton: “La realidad es un lujo; la ficción, una necesidad”. En el otro, dice Eliot: “La humanidad no puede soportar mucha realidad”.
Tal vez así se explique el fenómeno.