El naufragio del crucero Costa Concordia parece quedarnos muy lejos, a pesar de que en el barco viajaban no pocos colombianos; los medios nacionales se ocuparon brevemente del suceso, pero el interés quedó reducido a las impresionantes fotos de ese buque gigantesco escorado sobre el flanco de estribor mientras los equipos de rescate intentan hacer lo suyo.
No lo digo con sorpresa: es normal y acaso predecible que el naufragio de un crucero en el Mediterráneo se haya quedado en eso, una catástrofe entre tantas que nos llegan de lejos en este mundo donde todo se sabe al instante (y es cada vez más difícil imponer una jerarquía a la información que recibimos, decidir qué es importante y qué es banal, en qué vale la pena invertir nuestra atención y qué es una redomada pérdida de tiempo: pero todo esto es tema de otra columna). Sea como sea, yo no he podido apartarme de la noticia desde el viernes pasado: la he seguido con una fascinación que ni siquiera yo hubiera podido prever. ¿Por qué?
Los hechos son éstos: el viernes 13, el crucero Costa Concordia acababa de zarpar del puerto italiano de Civitavecchia, en el mar Tirreno, cuando los pasajeros sintieron un golpe fuerte y las luces del barco se apagaron durante unos segundos. Eran las 9:30 de la noche. Las primeras informaciones no dieron demasiada importancia al golpe, pero el buque empezó muy pronto a inclinarse. Ahora, cinco días después, sabemos que se trató de un error humano, que la evacuación fue defectuosa, que las labores de rescate comenzaron tarde, que los muertos son once y que aún hay desaparecidos. Y sabemos además que Francesco Schettino, capitán del buque con 30 años de experiencia, está detenido y acusado de homicidio culposo y abandono de pasajeros. Schettino, según se sabe por una conversación telefónica que mantuvo con la Capitanía del Puerto, huyó del barco accidentado, mintió al decir que todavía se encontraba a bordo y, tras recibir la orden de regresar para coordinar el rescate, se montó en un taxi y fue a esconderse en un hotel cercano. El Costa Concordia, mientras tanto, se hundía en el mar.
Según me aclaró una vez un viejo marinero que conocí en Barcelona, en ninguna parte de la ley marítima se dice que el capitán deba hundirse con su nave, como asegura el cliché al que nos han acostumbrado las novelas y el cine. Pero eso no quiere decir que la figura del capitán no esté rodeada todavía de un aura especial: después de todo, un barco en el mar es un universo autónomo donde muchas cosas pueden salir mal y donde el don de mando (también el moral) no es una cosa sin trascendencia. El error humano del que se habla se le achaca al capitán Schettino: su acercamiento a la costa fue imprudente; su manejo técnico de la situación, equivocado. Pero un cierto liderazgo lo hubiera redimido, por lo menos ante los ojos de los suyos. El abandono de los 1.000 tripulantes y de los 3.200 pasajeros, la mentirosa huida en taxi para esconderse en un hotel, tienen a la prensa europea hablando de honor y de deshonra, de valor y de cobardía, sin que nadie se sonroje. Quizás por eso me ha obsesionado el asunto: por el uso de viejas palabras que ya parecían carecer de todo sentido, o que lo han perdido realmente y sólo a veces, durante unos días, misteriosamente lo recuperan.