«La guerra es el infierno», dijo Leon Panetta, secretario de Defensa de la administración Obama, después de que un sargento enloquecido asesinara a dieciséis civiles, niños incluidos, en la provincia afgana de Kandahar, y lanzara al mundo una serie de imágenes que nadie puede ver sin pensar en masacres similares (digamos My Lai) de la guerra de Vietnam.
Pero no nos vayamos tan lejos, que así lo acusan a uno de “obsesionarse con el pasado” y de “no pasar la página” y de todas esas cosas que son anatema para el norteamericano medio. Se trató, en cualquier caso, de la peor masacre de civiles en los diez años de intervención norteamericana en Afganistán, una vergüenza comparable a Abu Ghraib (es un ejemplo). El presidente Obama pidió disculpas de inmediato, igual que hace unos cuantos días había pedido perdón por la quema de Coranes; ante esto, los candidatos republicanos se le fueron encima. Esa reacción se puede comentar de varias formas.
La primera es la más obvia: los republicanos sentirán quizás que están conquistando a la base más extrema del ya muy extremista Grand Old Party, pero para muchos es evidente que perdieron otra gran oportunidad de quedarse callados. Rick Santorum y Mitt Romney, cada uno por su lado, le han reprochado a Obama las disculpas pedidas como si se tratara de una traición obscena y antiamericana (más antiamericana y obscena, al parecer, que la masacre misma). Consideran que pedir perdón es una deshonra al país; han convencido a los extremistas que los siguen de que Obama se avergüenza del país que preside. En lugar de propuestas de carne y hueso —sobre cómo recuperar la economía que la administración Bush dejó por los suelos, sobre cómo gestionar la guerra que la administración Bush comenzó con mentiras y distorsiones—, los republicanos, con su pasión por las abstracciones moralistas, se han dedicado a debatir el sentido de la vergüenza de un presidente que pide disculpas.
Todo, claro, es un voluntarioso ejercicio de hipocresía. Basta ver unos cuantos de esos pusilánimes debates en que se han enfrascado los conservadores para notar que también ellos se avergüenzan: que no lo admitan es otra cosa. Me refiero, por supuesto, al hecho muy elocuente de que en ninguno de los debates, en ningún momento de la campaña, se ha mencionado el nombre del último presidente republicano, que además no estuvo cuatro años en el poder, sino ocho. Su larga administración pareciera no haber existido para los candidatos actuales: a Bush lo silencian, lo omiten, lo obliteran como al pariente sucio y grosero que hay que meter al zarzo antes de que llegue la visita. Su nombre es para agarrar con pinzas; sus ocho años son para pasarlos de puntillas y sin mirar. Y es por ello —por la suprema dificultad que representa el legado del último presidente republicano— que resulta mejor llenar los debates con religión y sexo y patrioterismos de segunda: porque el último presidente republicano hace sonrojar al más compuesto.
Yo no me imagino a uno de estos candidatos pidiendo disculpas por la masacre de Kandahar. Les resulta más rentable atacar a Obama que mostrar simpatía ante las víctimas. “La guerra es el infierno”, sí: para los desvergonzados republicanos, sin embargo, es un infierno que hasta se agradece. Porque sin él, ¿cómo hacer demagogia?