PROPONE EL PAPA RATZINGER LA beatificación de Pío XII, el hombre que para todo el mundo menos la Iglesia y algunos mal informados guardó un silencio culpable frente al nazismo en general y frente al exterminio de los judíos en particular.
Dice Ratzinger que de Pío XII se ha hablado mucho “y no siempre se ha hecho justicia con su labor”, y dice el secretario de Estado de la Santa Sede que Pío XII se enfrentó siempre a Hitler, lo que pasa es que en esa época había escasez de papel (con lo cual los escritos de Pío XII contra Hitler nunca llegaban a publicarse) y el Gobierno cortaba la luz (con lo cual los discursos radiofónicos de Pío XII contra Hitler nunca llegaban a transmitirse).
Es verdad que la Iglesia siempre ha creído que la gente es imbécil, ¿pero no se les está yendo la mano? Credibile est, quia ineptum est, decía Tertuliano, padre de la Iglesia: es creíble porque es absurdo. Pues eso mismo espera el secretario de la Santa Sede que pase con sus argumentos sobre la radio y el papel. El secretario cruza los dedos y espera que nadie se acuerde, por ejemplo, del acuerdo diplomático entre Pío XI y el régimen nazi, que era básicamente el siguiente: a cambio de control total sobre la educación de los niños y otros privilegios, la Iglesia le quitaría del camino a Hitler uno de sus opositores más incómodos, el Partido Católico Centrista. Miles de católicos alemanes habían resistido valientemente el surgimiento del nazismo, hasta que su propia Iglesia les ordenó replegarse y dejar de incomodar.
A ese acuerdo llegaron Pío XI y el régimen el 8 de julio de 1933, y esta fue la situación que seis años más tarde se encontró Pío XII, el papa Pacelli. ¿Y qué hizo este hombre? ¿Echar abajo el acuerdo? ¿Revisar las relaciones peligrosas que la Iglesia tenía con los nazis, y que habían llegado al extremo de celebrar anualmente el cumpleaños de Hitler? No: cuatro días después de elegido, escribió una carta: “¡Al ilustre Herr Adolph Hitler, Führer y canciller del Reich alemán! Aquí, en el comienzo de nuestro pontificado, queremos aseguraros que mantenemos nuestra dedicación al bienestar espiritual del pueblo alemán que ha sido confiado a vuestro liderazgo”. Para esta carta, por lo visto, sí hubo papel.
Igual que hubo, una vez terminada la guerra, para los pasaportes y documentos falsos que el Vaticano entregó a legiones enteras de criminales nazis, permitiéndoles así salir de Europa por conductos clandestinos, saltando de refugio en refugio, siempre con la complicidad y/o la asesoría de la Iglesia y sus sacerdotes.
Sin ir más lejos, Klaus Barbie, que se había ganado a pulso el mote de Carnicero de Lyon, fue uno de los beneficiarios de las famosas rat lines del Vaticano, y fue un sacerdote católico, Krunoslav Draganovic, el que lo sacó de Europa y lo mandó a la Argentina de Perón. Ahora nos dirán Ratzinger y su secretario que en realidad Pío XII lo estaba condenando todo. Lo que pasa es que no había papel. Lo que pasa es que no había señal.