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Políticos e intelectuales (II)

29 de diciembre de 2011 - 06:00 p. m.

La semana pasada recordé el ridículo del candidato presidencial del PRI que, en pleno marco de la Feria del Libro de Guadalajara, resultó incapaz de mencionar tres libros que lo hubieran marcado.

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Peña Nieto pasó a engrosar, con esos pocos minutos infames de ignorancia pública, el anecdotario —que no es precisamente magro— de choques frontales entre los políticos y la cultura. De Carlos Menem se decía que una vez se había ufanado de conocer todos los escritos de Sócrates; Jaime Garzón contaba que le había preguntado a un político bogotano —ya no recuerdo a quién, o quizá Garzón no lo dijo— si había leído El péndulo de Foucault, y el político había contestado: “Es que a mí no me gusta Foucault”. De la reina Sofía se contaba, sin duda injustamente, que en cierta ocasión le preguntaron por Augusto Monterroso. El impertinente mencionó “El dinosaurio”, que pasa por ser el mejor cuento de una sola línea, y quiso saber qué opinaba la reina. Dice la anécdota que la reina Sofía contestó: “Fíjese usted: justamente lo estoy leyendo”. Doña Sofía, además de ser una mujer bien leída, no es política, así que es una doble injusticia incluirla en este inventario, pero estarán ustedes de acuerdo en que la anécdota es irresistible.

En fin: hace una semana terminaba yo con una frase de Gary Gutting, autor de una columna sin desperdicio sobre este tema, y ahora quiero recuperarla. “Un buen político no debería ser un intelectual”, decía Gutting, “pero debería tener una vida intelectual”. ¿Es eso cierto? ¿No pecamos de inocentes al creer que un cierto conocimiento —de la Historia, de la literatura, de la filosofía— pueda mejorar el desempeño de un presidente? Tal vez el asunto me interesa tanto ahora porque la debacle de Peña Nieto ocurrió apenas unas semanas antes de que muriera Václav Havel, uno de los pocos hombres realmente imprescindibles que dio la vida política de nuestro ajetreado siglo XX. “No fue sólo un disidente”, escribió de él Timothy Garton Ash: “fue el epítome del disidente, según solemos entender ese término novedoso. No fue sólo el líder de una revolución de terciopelo: fue el líder de la revolución de terciopelo original, el que nos dio una etiqueta aplicada a muchas otras protestas masivas no violentas a partir de 1989 (siempre insistió en que un periodista occidental acuñó el término). No fue sólo un presidente: fue el presidente fundador de lo que hoy en día es la República Checa. No fue sólo un europeo: fue un europeo que, con la elocuencia de un dramaturgo profesional y la autoridad de un exprisionero político, nos recordó las dimensiones históricas y morales del proyecto europeo”.

Y fue, por supuesto, autor de varios poemarios, de obras de teatro, de bellísimos ensayos. ¿Están sus conquistas políticas relacionadas con su producción intelectual? No lo puedo asegurar, pero sí sé que a la Historia le gustan las coincidencias dramáticas o cómicas o simplemente elocuentes: el mismo fin de semana en que Havel moría, moría también, a miles de kilómetros de distancia pero en otro universo distinto, Kim Jong-il, líder totalitario del país más cerrado del mundo. Para muchos, el contraste violento no sólo fue entre las suertes contrarias del comunismo, sino entre un hombre que escribía libros y uno que los quemaba.

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