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¿Qué procura el procurador?

24 de mayo de 2013 - 06:42 a. m.

El procurador Alejandro Ordóñez consideró, con la misma mezcla de arrogancia y artería que suelen tener sus consideraciones, que una reunión con la Conferencia de Comunidades Judías bastaba para subsanar su hipócrita silencio frente al Holocausto.

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Pero Salomón Kalmanovitz cita en su última columna un fragmento de Hacia el libre desarrollo de nuestra animalidad, aquel panfleto de propaganda integrista que Ordóñez escribió (amparado, por supuesto, en las mismas libertades de opinión y prensa que él negó a los libros quemados de su combustible juventud). La cita que trae Kalmanovitz declara sin complejos la equivalencia del Holocausto y el aborto terapéutico. El racismo de Hitler, dice Ordóñez, palidece frente al genocidio que causará la decisión de la Corte Constitucional. Hace unos años, un cura madrileño decía que los niños violados por sacerdotes en unos cuantos colegios no eran comparables al aborto, el verdadero crimen. El talento para las analogías, según se ve, campea en más de un continente.

En otra declaración reciente, Ordóñez hizo un intento desesperado por maquillar su misoginia. “Usted sabe el gran daño que hace a la sociedad desconocer a los más débiles dentro de los más débiles”, dijo acerca del aborto (y no es gratuito que haya hablado desde el Vaticano). ¿Será posible que Ordóñez se esté refiriendo, con la última parte de su ingeniosa salida retórica, a las mujeres embarazadas? Aquello sería un verdadero escupitajo a la cara de las víctimas de una violación o un embarazo inviable o riesgoso. Pues la verdad es que no es cierto: ni a Ordóñez ni a los suyos les importan esas mujeres. No les importan las mujeres violadas, ni las mujeres que podrían morir si llevan a término un embarazo, ni las mujeres que darán a luz, con sufrimientos inimaginables, a un hijo cuya vida será de inimaginable sufrimiento. La dolorosa ironía es que hable Ordóñez de “los más débiles” refiriéndose a esas mujeres, siendo que ellas sólo son débiles porque Ordóñez y los suyos las han puesto en esa condición.

Y entonces, como para desterrar de una vez por todas las dudas que pudiéramos tener los que lo miramos con desconfianza, el señor Ordóñez opinó que los falsos positivos son crímenes de guerra. “¿Quién va a negar que los falsos positivos tienen relación con la confrontación?”, fue su argumento. Por supuesto que la tienen: también la tienen el secuestro y la tortura que llevan décadas ya como prácticas regulares de la guerrilla, y nadie sensato aceptaría que sean esos crímenes de guerra. De hecho, todo lo que hagan los actores armados tiene esa relación que agudamente notó el procurador: si no la tuviera, no hubiera sido necesario el concepto de crímenes de guerra.

El lector descubrirá un patrón en esta columna. Lo que tienen en común los conceptos del procurador —lo que piensa y dice o calla, sobre todo, desde el Holocausto hasta los falsos positivos pasando por el aborto— es un abierto desdén por las víctimas. Ordóñez se llena la boca con esa palabra, pero la verdad luminosa está ahí, detrás del maquillaje: los que sufren de cierta manera, sean muchachos de Soacha o mujeres violadas o seis millones de judíos, no merecen la simpatía del procurador general de la Nación.

Y uno tiene que preguntarse: ¿qué estará procurando?

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