La semana que viene incluye un día determinante para la suerte del mundo durante los próximos años: con las elecciones de Iowa, las complicadísimas caucuses, comienza realmente la carrera hacia la Casa Blanca.
Y este año no es una carrera cualquiera. Después de dos periodos, George Bush ha conseguido la hazaña de ser tan despreciado tanto fuera de Estados Unidos como dentro. Su índice de popularidad es tan bajo que, cosa nunca vista, los candidatos republicanos lo han eliminado de sus discursos: no quieren que sus votantes los asocien con el mandatario más incompetente del siglo. Y, sin embargo, hay un aspecto en que sus ideas no se han alejado de las de Bush. Me refiero al viejo cuento de la religión y su vieja relación con el Partido Republicano.
Hasta hace poco, a los observadores extranjeros de las elecciones del año próximo les pareció evidente que el enfrentamiento final no guardaría demasiadas sorpresas: Hillary contra Giulani. Pero en el lado republicano las cosas se han enredado. Giuliani ha dado un resbalón impredecible; otros dos, Mike Huckabee y Mitt Romney, van subiendo, aunque con distinta rapidez. La razón está clarísima: Giuliani ha tenido que confesar sus ideas anticristianas sobre el aborto, entre otros temas, y el votante religioso de Estados Unidos no tolera esos deslices. Mientras tanto, Huckabee y Romney han llevado la disputa por la candidatura republicana a Tierra Santa. Sus últimos discursos han sido, literalmente, una pelea de rezanderas: un impulso por demostrarle al elector quién es el más devoto. Las ideas sobre la guerra de Iraq, sobre la sociabilización o no de la atención médica, se han evaporado de los debates, y en su lugar han quedado la ignorancia y la superstición. Un hombre que cree que el Génesis realmente sucedió (Huckabee) contra un hombre que ha sido misionero mormón (Romney), y para el cual todos los mormones, si se esfuerzan lo suficiente, pueden llegar a ser dioses. Literalmente.
El que un mormón sea precandidato a la Presidencia de Estados Unidos, es un exotismo en ese país donde las mayorías son de otras confesiones, y quizás sea por eso que Romney dedicó uno de sus últimos discursos a subrayar su tolerancia religiosa. En su caso, por supuesto, tolerancia religiosa quiere decir que todo está bien mientras usted crea en algo; los ateos, sugirió, no son estadounidenses de verdad. Mientras tanto, el predicador evangelista Huckabee ha lanzado un video en el que aparece junto a la leyenda “Líder cristiano” mientras asegura que su fe, más que influenciarlo, lo define. Lo que también lo define es su conocimiento de su público electoral: hace poco estuvo haciendo proselitismo ante un grupo de veteranos de la guerra de Vietnam, diciéndoles que eran ellos los que habían hecho de Estados Unidos “una Nación libre” (visiblemente no se ha enterado del resultado de esa guerra). Al dar ese discurso, Huckabee estaba acompañado de una de las autoridades de Estados Unidos en materia de guerras: el actor Chuck Norris. “Queremos un ejército tan fuerte que sea como enfrentarse a Chuck Norris en un callejón”, dijo. “Las otras naciones que quieran atreverse a tocarnos lo pensarán dos veces y decidirán que mejor no lo hacen”.
En realidad, eso no es lo que pensaron los terroristas suicidas del 11 de septiembre, y eso no es lo que piensan los suicidas de Irak y Afganistán cuando se enfrentan a la poderosa maquinaria militar, que sigue perdiendo esas guerras imposibles. En cuanto al resto del mundo, poco impresionado por un actor karateca y dos fanáticos religiosos, lo que piensa es que estamos a punto de superar a un presidente que ha generado un caos internacional sin precedentes, mientras declaraba que Dios le había dictado lo que tenía que hacer. El resto del mundo decidiría, si tuviera la oportunidad, que no quiere otro presidente igual.