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Ver o no ver: esa es la cuestión

29 de abril de 2010 - 09:00 p. m.

LA COSA, POR LO MENOS PARA MÍ, comenzó durante la guerra de Irak. Me levanté como cualquier día y recibí, como cualquier día, los últimos correos electrónicos. Uno de ellos, igual que en Plaza Sésamo, no era como los otros: era diferente de todos los demás.

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Era un correo colectivo que yo no había pedido ni esperado, cuyo remitente no conocía ni de oídas, y cuyo contenido hubiera preferido ignorar, porque lo que me mandaban era ese famoso video en que unos hombres de Al-Qaeda se disponen a degollar a un empresario norteamericano. No sé si se acuerden ustedes del video, porque fue uno de los primeros, si no el primerísimo, de la larga serie que vino después. Lo cuento porque varias veces —ese día, esa semana, en los meses que siguieron— tuve el cursor sobre la imagen, listo para abrirla, y nunca llegué a hacerlo. No fui capaz. En 2006, casi tres años después de recibido el correo, cambié de computador y, aunque conservé muchos correos viejos, el del degollamiento no fue uno de ellos. Nunca lo vi.

Yo no tengo el estómago frágil, y soy capaz, como la mayor parte de la gente de mi generación, de asistir a un cierto nivel de violencia sin molestarme demasiado, o sin que la violencia me choque. No me jacto de esto: la cosa es así. Pero hubo algo en ese video que no me dejó abrirlo: yo me he metido en varios problemas por ser demasiado curioso, por dejar que mi curiosidad me lleve a romper o por lo menos a doblar varias reglas sociales, y sin embargo la curiosidad o el morbo cedieron ante algo que no he podido muy bien identificar. No recuerdo que me haya sucedido antes algo parecido: los colombianos tenemos también nuestra historia de violencia visual, y hemos visto mil veces a Luis Carlos Galán caer baleado en la tarima de Soacha, así como habíamos visto antes a Juan Roa Sierra arrastrado por la carrera séptima. Pero lo que circulaba por correo electrónico era distinto. ¿Cuál es la diferencia?

El asunto es que llevo varios años tratando de averiguarlo y no lo he conseguido. Hoy sigo sintiendo que ese video, aparecido sin mi voluntad en mi carpeta de correos, abría de alguna manera una nueva época, inauguraba una nueva manera de relacionarme con el mundo. ¿Por qué? ¿Por la inmediatez, quizás? ¿Por el hecho de que esa cámara no fue un testigo casual de los hechos, sino que fue puesta allí para registrar deliberadamente lo que se iba a hacer y para luego difundirlo, como si se tratara de una cadena de la buena suerte? ¿O por el hecho de que la imagen del degüello me llegara a mi casa y a mi estudio, al silencio y la tranquilidad de mi vida privada y protegida, a un computador que quedaba a pocos metros de la gente que quiero?

Las imágenes violentas que entran por televisión son otra cosa, me parece, porque la televisión sigue viéndose como un lugar público (y encenderla es un acto voluntario, como asomarse a la ventana para ver, por puro morbo, un accidente), y además porque en la televisión todo viene en un contexto que lo explica, lo relaciona con otras cosas, lo pone en proporción. Ese video que me llegó por correo electrónico y que nunca llegué a abrir forma parte de un mundo nuevo, aunque todavía, como se puede ver en esta columna, no haya logrado descubrir cómo se vive en este mundo. Tampoco este mundo viene con instrucciones de uso.

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