He sido y sigo siendo un crítico implacable de las CAR, de la manera como frecuentemente los grupúsculos políticos se disputan el nombramiento de sus directores para apropiarse por adelantado de los premios que guarda la piñata de los recursos públicos asignados a la gestión ambiental territorial.
Sin embargo, hoy quiero contar una historia positiva de una CAR. Soy parte de un grupo de ciudadanos en Suesca (Cundinamarca) que pretende elaborar una propuesta de largo plazo (15 o más años) para el desarrollo integral del municipio. Buscamos alternativas para que este territorio no sea una extensión adicional de la caótica área metropolitana que se devora la Sabana de Bogotá, sino un espacio que conserve las fortalezas de la cultura campesina y el paisaje natural centrando su desarrollo en el turismo sostenible.
A la salida de una de las múltiples reuniones, terminamos en una cafetería y en nuestra conversación surgió el tema de la CAR-Cundinamarca y el seguimiento a las acciones de ese monstruo que se instaló en medio del pueblo —la cementera Tequendama— rompiendo los pulmones, las carreteras y los sueños de muchos. Uno de los asistentes, algo radical, dijo: “de eso no me hablen, que las CAR, todas, me dan asco”. Fue interrumpido por otro, quien objetó: “perdón, pero déjeme decirle que la señora de la CAR, encargada de apoyar la participación ciudadana para un tema que estamos trabajando en Gachancipá, ha sido excelente y nos ha dado muy buenas herramientas”. Otro comentó sobre un buen trabajo que algunos contratistas y funcionarios adelantan en temas de agricultura sostenible y cómo un viverista contratado por la entidad está buscando negociar con los pequeños campesinos minifundistas para la recuperación forestal con especies nativas en Machetá y Manta. A esto se suma el compromiso de sus directivas de crear, junto con la Alcaldía, un parque de conservación y recreación de 140 hectáreas uniendo las rocas de Suesca y el cañón de Santa Rosita a lo largo del río Bogotá.
Falta mucho por hacer, sí, pero con los recursos disponibles en las CAR se puede lograr mucho más. Es indispensable que como sociedad civil busquemos involucrarnos y presionar de manera efectiva a las entidades gubernamentales para que cumplan con su misión y sus responsabilidades institucionales. Hay aspectos de la gestión ambiental que recaen en lo institucional y lo gubernamental, y otros que dependen de la capacidad organizativa de la sociedad civil. Considero que de parte y parte hace falta mayor eficiencia y efectividad para que la gestión ambiental mejore y no se siga destruyendo nuestro medio natural, sus servicios ecosistémicos y nuestra calidad de vida.
Claro, da asco cuando los partidos políticos se disputan el nombramiento del director de una CAR en la costa Atlántica asumiendo que ésta es una vía para manipular licitaciones, apoderarse de contratos y manejar la renta del suelo a su antojo. O cuando los politiqueros manipulan el nombramiento de los representantes de las ONG a los consejos directivos de las CAR. ¡Tenemos que mejorar lo existente y hay cómo hacerlo!
@Juparus