EL MERCADO DE AUTOMÓVILES MÁS grande del mundo, que tiene la mayor responsabilidad como gestor del calentamiento global, empieza a modificarse.
El presidente Obama anunció en Estados Unidos, el pasado 19 de mayo, que la nueva regulación sobre emisiones y autos empezará a regir a partir de 2016 y no en 2020 como estaba previsto. Los norteamericanos estarán obligados a usar carros más eficaces, que usen menos combustible y contaminen menos.
A partir de 2016 los nuevos autos de pasajeros deben hacer mínimo 62 kilómetros por galón y los camiones livianos 48, esto significa una mejoría de 30% con relación al promedio actual. La medida es progresista pero moderada, pues muchos en el mercado ya cumplen estos estándares y las industrias europea y asiática ofrecen unos más eficaces. Parte de la crisis de la industria automotriz norteamericana reside en que no se ha modernizado.
Para el arcaico consumidor norteamericano, acostumbrado a carros grandes y baratos, este será un cambio importante, pues significa que los del futuro serán por ley de menor tamaño y un poquito más costosos. Se estima que la nueva regulación significa en promedio un incremento de US$1.300 en el costo de producción por auto.
La tecnología para cumplir con la nueva regulación ya existe en Estados Unidos, de hecho Toyota y Ford tienen a la venta, desde hace algunos años, vehículos que cumplen estas normas, pero el consumidor norteamericano promedio los prefiere más grandes y confortables, por ello, la medida regulatoria se hace necesaria. En los años anteriores, cuando el precio de la gasolina subió, los consumidores empezaron a demandar carros más pequeños y eficaces, pero una vez bajó el precio, volvieron a incrementar la demanda por los grandes. La nueva regulación forzará a que esos carros ridículos, que con motores de 3.000 y 4000 centímetros cúbicos transportan una persona, dejen de existir, esas camionetas gigantescas que ha generado el mercado norteamericano y que nosotros y el mundo estamos usando.
Para acelerar el proceso se debería aumentar el impuesto a los combustibles fósiles, de manera que sea caro darse el lujo, hoy estrafalario, de usar motores grandes e ineficaces. No tenemos por qué subsidiar a los usuarios de los grandes autos, pues el efecto negativo del calentamiento global todos lo pagamos.
La herramienta más efectiva para acelerar la educación ambiental es el bolsillo. Además de ilustrar a la comunidad sobre los efectos negativos que el empleo innecesario de combustible genera sobre nosotros y el planeta un mayor precio acelera la comprensión y cambia de manera efectiva conductas agresivas para con el medio ambiente. Hay que gravar con impuestos al consumidor irracional que no quiera asumir la responsabilidad global e individual de disminuir el calentamiento global.
Los combustibles en Estados Unidos son de los más baratos del mundo, pues pagan impuestos mínimos. Hoy el precio al consumidor es cercano a los $5.000 el galón, mientras que en Europa vale 3 y 4 veces más, pues hay un régimen impositivo más razonable que desincentiva el consumo de combustible, con impuestos que la sociedad destina para cubrir efectos nocivos de la contaminación en la salud y el medio ambiente.
Sin ir lejos, Costa Rica tiene un impuesto a la gasolina que se usa para pagar a quienes conservan el bosque y por ello han logrado que la cobertura vegetal en el país, en vez de disminuir, esté aumentando. Algo similar debería hacer Colombia.
* El autor es economista con especialidad en manejo de recursos naturales en el Banco Mundial. Los puntos de vista aquí expresados son del autor, no representan ni pueden atribuirse a la entidad para la cual trabaja.