Recientemente el ministro de Salud anunció que por primera vez en los últimos veinte años bajó el número de embarazos adolescentes en Colombia. Una de esas buenas noticias que nos gusta escuchar. Como bien lo dice el ministro Gaviria, lo importante es el cambio en la tendencia que venía creciendo desde los años noventa, aunque aún la disminución sea poca. Las últimas cifras oficiales de 2010 dejaban muy mal parada a Colombia, donde la cifra de embarazos adolescentes era del 19,5 %, frente a un promedio mundial del 9 %. Esto es, una de cada cinco adolescentes entre 15 y 19 años ha estado alguna vez embarazada. De éstas, el 16 % ya son madres y el 4 % está esperando su primer hijo. No tenemos las cifras definitivas más recientes, pero lo que se estima es que la reducción haya sido de dos puntos porcentuales.
Más allá de los riesgos de salud del embarazo adolescente tanto para la madre como para el hijo, quiero concentrarme en los efectos del mismo sobre el futuro de estas mujeres. Estos embarazos a temprana edad generan deserción escolar, principalmente en la madre por razones fisiológicas y sociales, pero también porque el cuidado de los niños lo asumen mayoritariamente las mujeres en estos casos y porque, según el DANE, el 99 % de las adolescentes tienen sus hijos con adultos. La falta de educación y la dificultad de sostener un nuevo miembro del hogar disminuyen las oportunidades de esas mujeres, que mayoritariamente provienen de hogares de bajos ingresos.
De esta forma este fenómeno contribuye a una reproducción de la pobreza tanto en los hogares como en las adolescentes. Asmismo, estas adolescentes tienen una mayor probabilidad de entrar en una espiral de trabajo informal mal remunerado, subempleo y otras formas precarias de inserción a la vida productiva. Por esto y por la incapacidad de materializar los sueños de estas jóvenes es una muy buena noticia que se esté logrando cambiar la tendencia.
Economista jefe BBVA Research. @juanatellez