No podemos equivocarnos: no estamos ante la misma violencia de antes. Durante los últimos años en Colombia vivimos fenómenos de violencia más diversos, disgregados, locales y complejos. Están asesinando a los reclamantes de tierras para no entrar en litigios que los obliguen a devolverlas. Las viejas guerrillas se han reciclado, carecen de dirección unificada y les disputan a los grupos paramilitares los negocios de la coca y la minería en las zonas en las que operan. De manera creciente y ante la ausencia de Estado en los últimos años, quienes controlan ilegalmente el poder en las regiones introducen terror en las comunidades sociales que se les oponen. No implementar el acuerdo de paz les ha garantizado a los diversos grupos ilegales mantener el control del poder local y las rentas mafiosas que perciben. Como lo sabe cualquier educador, para resolver un problema, la condición esencial, es poder entenderlo. El narcotráfico es solo uno de los conflictos actuales. Por eso no será con fumigaciones de glifosato, sino con la implementación de los acuerdos de paz, con inversión local y construyendo esperanza y tejido social, que se dejarán atrás las formas de violencia actuales.
Según Indepaz llevamos 51 masacres en lo corrido del año. Un promedio de una masacre cada cinco días, lo que llevaría a cualquier gobierno democrático y responsable a liderar un pacto nacional y general por la vida. Para tristeza de todos, todavía no ha sido el caso en Colombia.
La historia está llena de atrocidades contra la dignidad humana. Sin embargo, contrario a lo que supone la mayoría –y tal como demuestra el psicólogo Steven Pinker–, los homicidios han disminuido de manera tan significativa en los últimos siglos, que podríamos considerar la “reducción drástica de la violencia como el acontecimiento más importante de la historia humana”. Aun en nuestra adolorida nación, la sensible disminución de asesinatos, secuestros, homicidios y actos terroristas entre los años 2014 y 2017, nos invitaron a soñar que las masacres podrían ser cosa del pasado. No obstante, han vuelto, esta vez ensañadas contra los jóvenes, como si quisieran asesinar la esperanza misma.
Las guerras se alimentan de odio y del predominio de los intereses particulares sobre los colectivos. Por eso la pregunta que tenemos que hacernos los colombianos es: ¿por qué parecemos condenados al odio y a la violencia? El neurocientífico Emile Bruneau, director del Laboratorio de Neurociencia de la Universidad de Pensilvania, después de estudiar en detalle cientos de casos de jóvenes que se convirtieron en bombas humanas dispuestas a asesinar, llega a una conclusión fundamental para entender nuestra realidad: estos crueles actos de odio son producto de la falta de empatía, lo que les impide ponerse en el lugar de los otros y sentir sus alegrías, dolores y tristezas: ¡El germen del odio es la indiferencia y la falta de empatía!
En un muy recomendado documental presentado en la televisión mundial en 2019 y que lleva por título: ¿Por qué odiamos?, Steven Spielberg brinda una interesante explicación para conocer y comprender la naturaleza del odio. Revela que los seres humanos conservamos nuestro cerebro primitivo con el que dividimos el mundo entre “nosotros” y “ellos”. “Ellos” representan una amenaza al territorio, poder y a los bienes que poseemos. El problema es que esa rivalidad es utilizada como una herramienta por los líderes políticos, para poder mantener y ampliar su poder. De allí la enorme responsabilidad de los líderes para unificar las naciones, como logró Mandela, o para promover el odio y la violencia, como hizo Hitler y está haciendo Donald Trump. Así surgen los fanatismos, los extremismos, la xenofobia, los nacionalismos y la discriminación. Para lograrlo, estigmatizan y deshumanizan a sus rivales. Lo vemos de manera dramática en el holocausto judío cuando, antes de llevarlos a los hornos crematorios, fueron denigrados y marcados con estrellas amarillas para que todos pudieran verlas en el vestuario, los cuerpos, las calles, las casas y los locales. Cuando el equipo de Spielberg se desplazó a las zonas en las que actuaban los grupos guerrilleros en Colombia, observaron el mayor nivel de deshumanización que ha encontrado el equipo de científicos e investigadores del programa en todo el mundo. El último capítulo del documental se llama “Esperanza”; allí concluye que la única opción para enfrentar el odio es una educación que desarrolle el pensamiento crítico y que evite que los líderes manipulen a la población e incentiven la ira y la sed de venganza de los ciudadanos.
Por eso es tan importante el acto que convocaron los artistas el pasado 30 de agosto, fecha en la que se conmemora el Día internacional de las víctimas de desapariciones forzadas. Los artistas se declararon en alerta roja ante el notable aumento de muertes y masacres y convocaron a #UncantoXColombia #HastaQueAmemosLaVida. El arte tiene la magia necesaria para unir sociedades y transformar la realidad. Por eso, los artistas tomaron la voz de los líderes sociales asesinados. Al hacerlo generan empatía, nos sensibilizan y nos invitan a dejar la indiferencia ante el sistemático asesinato de nuestros compatriotas: ¡Tres millones de colombianos acudimos a su llamado!
Pero el trabajo de los artistas no logrará su propósito si en los hogares los padres no favorecemos la empatía de nuestros hijos. Las mascotas cumplen un papel formativo al invitar a los niños a pensar en otro, mucho más ahora que tantas familias solo tienen un hijo. Aun así, la mejor lección la dan padres y madres con el ejemplo, con la actitud que asumen ante los otros, con su propia sensibilidad, empatía y solidaridad, y con el respeto y valoración que muestren hacia las opiniones, visiones, sentimientos y pensamientos diferentes.
El trabajo de los artistas quedaría inconcluso si los docentes no promovemos en nuestras clases el análisis y el pensamiento reflexivo. La educación tiene que ser un espacio para favorecer la reflexión permanente y el pensamiento crítico, por eso debe ser un lugar para luchar contra los dogmatismos y fanatismos de todo tipo: científicos, religiosos y políticos. En las escuelas nuestra tarea es fortalecer la reflexión, la resolución de conflictos, la empatía, la comprensión de sí mismos y de los otros. Si lo hacemos, nos cuidamos de la indiferencia ante el sufrimiento de los otros y nos protegemos de la incitación al odio que se anida en cualquier forma de pensamiento dogmático, extremista y radical.
Como puede verse, no solo depende del Estado el que amemos la vida: todos somos responsables. Los artistas están cumpliendo con creces su rol. Los padres y educadores tenemos que cumplir el nuestro, hasta que logremos que desde el gobierno se convoque a un Pacto por la vida. Debemos garantizar la protección de la vida de todos los colombianos, sin distingos de ninguna naturaleza. En eso consiste el Pacto por la vida. Todas las vidas cuentan y por eso, todas deben ser protegidas. Esa debería ser una ley esencial en toda democracia.
Hoy tenemos en Alemania edificios con las huellas de los bombardeos acaecidos durante la II Guerra Mundial, porque quieren que las nuevas generaciones nunca olviden las enormes desgracias que vivieron por seguir a un líder que promovió el odio, la deshumanización y el fanatismo. En Berlín hay diversos museos para que los ciudadanos sientan lo que sintieron los judíos cuando les robaron la dignidad y la vida. El 94% de los alemanes, dicen haber comprendido el fenómeno del nazismo en sus colegios. Todos los jóvenes son llevados a visitar un campo de concentración y las leyes consideran el negacionismo como un delito y una incitación al odio. Son sociedades que han aprendido de su historia, asumieron su responsabilidad y les enseñaron a las nuevas generaciones que el odio puede llevar a justificar lo injustificable y a negar lo innegable: el conflicto armado, los desplazamientos, las desapariciones, la falta de valoración de la vida y las masacres.
* Director del Instituto Alberto Merani (@juliandezubiria).