Cuando Donald Trump fue elegido presidente de los EEUU en 2016, muchos pensaron que la democracia norteamericana era muy fuerte y que contaba con un sistema para poner límites y contrapesos que impedirían que ejerciera el autoritarismo, socavara la división de poderes y la libertad de prensa. Se equivocaron. La historia mostró que estamos ante un presidente que ha puesto sus intereses personales por encima de los de la nación. Sin rubor ha dicho que, si le son adversos los resultados de las elecciones, podría desconocerlos. De antemano, descalifica el voto electrónico. Ha reiterado que, a la usanza de los gobernantes de las ciudades medievales, construirá un muro para impedir la llegada de mexicanos a su país y, con el descaro que le es propio, afirma una y otra vez, que dicho muro será pagado por los propios mexicanos.
Es egocéntrico y narcisista. Sólo le interesa su imagen y su propio beneficio. Desprecia a los latinos, negros, refugiados, las mujeres y los musulmanes. Seguramente solo se valora a sí mismo. En el primer debate presidencial interrumpió en 86 ocasiones a su oponente, sin que ello le generara la menor incomodidad. Fue mucho más grosero cuando debatía con Hillary Clinton con miras a su primera elección presidencial, tal vez porque se trataba de una mujer y nos ha mostrado que las considera inferiores. En educación diríamos que, actúa como el patán y matón de la clase. Tampoco escucha a los otros. Solo ha aprendido a escucharse a sí mismo.
Viene del mundo de los medios masivos de comunicación de los que se aprovecha a la perfección. Fue el anfitrión del exitoso programa “Aprendiz” durante 14 temporadas. Por eso su campaña tiene más la estructura de un reality de TV que la de un debate de ideas argumentas y elaboradas. Usa las mismas tácticas de los concursantes de un reality show: crear conflictos entre sus rivales, ser frentero y sacrificar ocasionalmente a un aliado, para ganar nuevos adeptos. Su discurso es elemental, emocional y efectista. Sin duda, le llega a una parte de la población norteamericana. En sus seguidores estimula el miedo, la xenofobia y el nacionalismo. Ellos también terminan valorando que un multimillonario pague tan solo 750 dólares de impuestos durante los años 2016 y 2017. Equivocadamente en Colombia llamamos “vivos” a estos personajes que roban el dinero que debería destinarse a la educación, la alimentación y la salud de los niños. Donald Trump es uno de ellos.
Según el Washington Post, miente en promedio 15 veces por día. Recientemente afirmó que, como Supermán, es inmune al virus. Así mismo, a los cuatro días de ser “diagnosticado” como paciente con covid-19, salió del hospital a seguir promoviendo su campaña electoral, sin siquiera utilizar mascarilla en sus nuevas concentraciones electorales. Es un candidato que mentiría todas las veces necesarias con tal de ganar. Muy seguramente su coronavirus exprés es un nuevo engaño. Los mitómanos son así. Twitter tuvo que suspenderle un video en el cual afirmaba que los niños eran inmunes al coronavirus. Lo hacía porque quería reabrir las escuelas, independientemente de la curva epidemiológica de su país y de los hallazgos científicos al respecto.
La acusación a Biden de “Castrochavista” es delirante. No obstante, es efectiva para las poblaciones incultas que abundan en Estados Unidos, dada la baja calidad de su educación básica. Biden es realmente un candidato de centro derecha. También lo acusa de quererle quitar los fondos a la policía. Esa misma simpleza se encuentra en el discurso para descalificar a los inmigrantes: “Ellos traen drogas y crimen. Son violadores que vienen a quitarnos nuestro trabajo. Ellos son una de las principales causas de la propagación de enfermedades infecciosas”. Es un discurso lleno de prejuicios, que utiliza sin medida los superlativos, especialmente cuando se trata de evaluar su propio gobierno.
Trump representa la extrema derecha inculta y autoritaria, que ha recurrido a las noticias falsas y las redes para promover el fanatismo, el nacionalismo, el racismo y la xenofobia y que moviliza las emociones más primitivas como el odio y la ira. La esencia es la misma de los populistas de extrema derecha: vender miedo, para después ofrecer seguridad. Muy recientemente ha dado un apoyo tácito a los grupos armados de supremacía blanca, algo especialmente peligroso en un país que tiene 120 armas por cada 100 habitantes.
La prestigiosa Revista Nature, se declaró abiertamente opositora del presidente. En su editorial dijo: “No podemos quedarnos al margen y dejar que la ciencia se vea socavada. La confianza de Joe Biden en la verdad, la evidencia, la ciencia y la democracia lo convierten en la única opción en las elecciones estadounidenses”. Por primera vez esto mismo ha sucedido en múltiples publicaciones científicas que invitan desde sus editoriales a votar en contra del actual mandatario; entre ellas, Science, Lancet, British Medical Journal y New England Journal of Medicine. La ciencia toma partido en contra de Trump. Sin duda, ese es el papel de los intelectuales, al fin de cuentas Trump es el símbolo de la crisis que actualmente vive la democracia en algunos lugares del mundo.
Los científicos estadounidenses están muy preocupados ante un presidente que desprecia la verdad y la ciencia. Desde que llegó al poder, redujo los fondos para múltiples instituciones científicas. Pese a su ignorancia, abiertamente confronta a científicos en temas como el calentamiento global o el coronavirus. No se ruborizó cuando dijo que una semana antes de las elecciones tendría lista la vacuna contra el virus. Cuando se declaró la pandemia por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS), ocultó lo que sabía sobre ella para manipular la información. Fruto de dicha posición, Trump ha dado un pésimo manejo a la crisis, lo que ha convertido a Estados Unidos en el país más afectado del mundo, con más de 224.000 muertos y 8 millones de contagiados. Una cifra de fallecidos cuatro veces superior a la producida durante la participación en la larga guerra de Vietnam y eso que apenas completan la primera oleada del virus.
Se enfrentó a la OMS en medio de la pandemia más compleja del último siglo, aun cuando la única opción que tenía la humanidad era una respuesta colectiva. Interfiere las decisiones del equipo de científicos, con lo cual busca socavar la confianza pública en las instituciones de ciencia y salud. Desconoce y descalifica el multilateralismo. Ha actuado contra la UNESCO, los pactos nucleares con Irán y los acuerdos climáticos de París. A nivel interno, no paran sus descalificaciones a los jueces de la Corte Suprema y los periodistas que presentan interpretaciones diferentes a las suyas. Así mismo, ha subordinado la Agencia de Protección Ambiental y los Centros para el Control y la prevención de enfermedades, a los intereses del proyecto político que defiende. Por eso estas entidades pasaron a estar bajo la supervisión del vicepresidente y de su yerno.
¿Qué le pasó a Estados Unidos para elegir como gobernante a un mercader inculto, arrogante, narcisista, racista y xenófobo? Como dice el editorial del New York Times: “un showman que siempre se jacta de cosas que nunca ha hecho y promete cosas que nunca hará”.
En EEUU sigue en riesgo la ciencia, la salud y la verdad. Esto representa, sin duda, una seria amenaza para el mundo. El riesgo fue subestimado en 2016. Ojalá no suceda lo mismo el 3 de noviembre de 2020, por el bien de la ciencia, la verdad y la democracia en el mundo y, por lo tanto, de la paz y la democracia en Colombia.
* Director del Instituto Alberto Merani (@juliandezubiria).