The Act of Killing es el documental más celebrado de 2013 y posiblemente uno de los más influyentes de los últimos tiempos.
En unas semanas llegará a Colombia algún eco de él, pues es firme candidato para arrasar con todos los premios cinematográficos en su categoría, incluyendo el Óscar de este año.
El documental sigue parte de la historia de Anwar Congo, el líder de uno de muchos escuadrones de la muerte que reinaron con el miedo en Indonesia tras el golpe militar de 1965. Congo se presenta como un “ajusticiador”, un verdugo o un gángster, como a él mismo le gusta llamarse. En menos de un año, más de un millón de personas tachadas de comunistas fueron exterminadas. De eso hace ya décadas. Los entonces jóvenes asesinos fueron haciéndose viejos y sus actos —el acto de matar—, aunque no olvidados del todo, fueron simplemente dejados de lado conforme el tiempo iba pasando, luego banalizados y obviados para convertirse en meras anécdotas.
Hace un par de años un equipo de investigadores y documentalistas, dentro de los que se cuentan dos grandes del género como Errol Morris y Werner Herzog, les propuso a los verdugos que contaran la historia desde su punto de vista. Lejos de esconderse, avergonzarse o tener algún remordimiento, los orgullosos asesinos decidieron no contar los hechos, sino representarlos, actuarlos ellos mismos. Satisfechos de sí mismos, los viejos verdugos recrearon lo que hicieron hace más de 40 años; disfrazados, bailando, riendo, gesticulando, narran sus hazañas de muerte y las actúan a conciencia: cuentan las más aterradoras y monstruosas de las inhumanidades entre canciones populares y pasos de chachachá sin música, pues Congo es gran bailarín y lo demuestra en varios apartes. Sin ruborizarse, pues el tiempo y la cotidianidad son capaces de dulcificar y banalizar hasta lo más aterrador, los gángsteres se maquillan y se disfrazan de ellos mismos y de sus víctimas. Y se divierten en las locaciones reviviendo las matanzas, casi inocentemente, a manera de juego.
The Act of Killing es la historia de asesinos siendo un remedo sórdido, infinitamente triste y difícil, de almas que han perdido un pedazo vital de su humanidad y que ya han trascendido incluso el discurso justificador. Lo más cercano es el descaro, pero va más allá; es lo que ocurre cuando el horror se deja pasar, cuando la impunidad es tolerada, permitida e incluso deseada.
¿Suena familiar?
Quizás porque El acto de matar es tan cercano a nuestros horrores no puede uno dejar de hacer comparaciones, de sentirse identificado, de ver un futuro posible y aterrador para Colombia si ciertas tendencias sociales no son conjuradas… Lo más duro es reconocernos en esas pantomimas de Anwar Congo: recordar cuánto hemos aplaudido el exterminio en Colombia, cuán poco nos importa el fratricidio como sociedad y cuánto justificamos los extremos oscuros de la arbitrariedad como causas y redenciones, pues, tal como sucede con Anwar Congo, la causa se va transformando en excusa y las excusas y las causas parecen confundirse frecuentemente en estas tierras entre Cáncer y Capricornio.