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¿Y los intelectuales en Colombia dónde están?

09 de abril de 2014 - 09:16 p. m.

El 13 de enero de 1898 Emile Zola publicaba en L’Aurore la famosa carta ‘Yo acuso’. En ella denunciaba la persecución de que era objeto el capitán Alfred Dreyfuss, condenado injustamente por traición a la patria.

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 ‘Yo acuso’ comenzó siendo una gota de miel en un océano de hiel. Cuando se publicó la carta, que con nombres propios acusaba al presidente del país y a otros altos funcionarios del Estado, la abrumadora mayoría del pueblo francés favorecía las medidas adoptadas en contra de Dreyfuss, pues se basaban en las leyes existentes. Tanto Zola como quienes se fueron uniendo a su causa fueron acusados de intelectuales: pensadores ingenuos que vivían en el mundo de las ideas y que poco o nada entendían del manejo práctico de los asuntos estatales y del mundo. Sin embargo, la verdad fue abriéndose paso gracias al prestigio y a las altas calidades morales asociadas a dicha reputación de quienes se unieron a la causa de Zola: Anatole France, Roger Martin DuGard, Octave Mirbeau, entre otros.

Hace poco más de un siglo, pues, se acuñaba en Francia el término intelectual. Se usó para designar a aquel pensador, erudito, científico, a aquel cuyo trabajo primario fuese realizado con el intelecto. Pero esto es tan sólo la mitad de la definición. El intelectual, además de analizar y ser crítico con la sociedad, tiene un compromiso ético directo y se involucra personalmente con los problemas de su tiempo. En otras palabras, un intelectual es quien pone en riesgo su prestigio, su seguridad, la seguridad de su posición social e intelectual para vincularse estrechamente con el mundo que ocurre afuera de su ventana, transformándose en voz autorizada y, hasta cierto punto, en faro moral de sociedades donde la religión ha ido perdiendo o perdió dicho papel.

En Colombia se usa la palabra con liberalidad para designar a todo aquel que ha leído más de un libro y cualquiera que dice serlo y adopta una pose lo es. Sin embargo, lo más dramático es que casi todos nuestros intelectuales asumen causas que pronto aprenden a transformar en excusas. Excusas para la altisonancia, para criticar con supuesta autoridad aquello que no les gusta, para denunciar, sensibilizar y, últimamente, excusas para convertirse en políticos tradicionales (y, como nos consta a los bogotanos con Antanas Mockus y otros como él, el intelectual-político muy rápidamente se torna en solo político). Las más de las veces temen perder su posición, asumir una postura más comprometida, más responsable que simplemente conformarse con denunciar, con poner el dedo en la llaga o con ser político profesional (con todos los réditos económicos y los fracasos morales que ello implica).

Al publicar ‘Yo acuso’, Zola se convirtió en el enemigo público número uno, transformando de un día para otro su popularidad en inquina pública y generalizada. Pero asumió el descrédito, el desprestigio, abrazó las consecuencias de ser considerado un paria social e intelectual y sacrificó su bienestar (pues incluso estuvo en la cárcel) por lo que es justo.

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