Pavorosa entidad: la llamo así porque ignoro su identidad, su lugar en la naturaleza. Sé que no es animal, vegetal ni monera, como las bacterias, ni protista, como las algas y las amebas, ni fungi, como los hongos, esos «animales quietos», como los llamó Aristóteles con una agudeza pasmosa (hoy sabemos que el hongo está genéticamente más cerca del animal que del vegetal, aunque no es lo uno ni lo otro). En suma, no es un ser vivo y es por esto que nunca podremos matarlo. Usted es una máquina al servicio del mal… Perdón, no ignoro los beneficios de los virus. Sé que regulan la reproducción de las algas y las bacterias, que intervienen en la formación de las nubes (vía infección del fitoplancton de los mares, evaporación, condensación, etc.) y que son cientos de veces más numerosos que las bacterias, cuya cantidad supera el número de estrellas de nuestra galaxia.
La pandemia no puede ser un castigo de la naturaleza por nuestros pecados porque el universo es inocente, amoral, no traza planes ni incuba odios, como los dioses. Sigue algunas leyes, pero adora el azar. Improvisa, como los genios y los jazzistas (si el lector profesa creencias deterministas, le sugiero pasar a la página del horóscopo).
Sabemos que este infierno que estamos viviendo no modificará mucho la precaria ética humana ni el desastroso orden mundial, pero confiamos en que ajuste algunas aberraciones del mercado.
En lo personal, le confieso que no uso tapabocas porque temo que usted se burle de esas telas que usamos para detener a un enemigo ubicuo y microscópico, a una potencia que atraviesa fronteras, blindajes, «puertas de presión negativa», laboratorios, confinamientos, mares de gel, mares de alcohol y nubes de bactericidas, y que derrota ejércitos de sabios de la salud.
Tampoco utilizo alcohol; es decir, no me lo unto. Mi alcoholismo no llega hasta allá.
El tapabocas lo utilizo solo para entrar a las tiendas y el alcohol, para tranquilizar a las visitas. No he dejado de recibir en mi casa: si muero, quiero que sea entre amigos. Puedo vivir sin celular, sin Netflix, incluso sin pornografía, pero no sin ellos).
Usted es omnipotente, ignominioso engendro. Contra usted luchan en vano, hasta ahora, legiones de nuestros más talentosos cerebros en laboratorios casi tan sofisticados como el tejido más feo y organizado de la naturaleza, el cerebro. Ojalá triunfen y lo hackeen a usted, superhacker, abominable criatura, y obtengan pronto la vacuna que ponga fin a esta pesadilla.
Le tengo una mala noticia: será derrotado. Es una plaga formidable, por supuesto, pero no es peor que nosotros, los humanos. En esta premisa, nuestra probada perversidad, y en la injusticia divina fundo la esperanza del triunfo del hombre en esta batalla.
Nota: aunque parezca increíble, el 30 % de la población mundial rechazará la vacuna contra el COVID-19. Los terraplanistas, creacionistas, republicanos, racistas y populistas, los pentecostales y otras sectas, que no cito para evitar que sus protestas inunden los buzones de la redacción, conforman la multitudinaria población «antivacuna». Tomo la cifra de «Mortalidad por COVID-19 en América Latina», un artículo reciente de la médica caleña Nubia Muñoz, candidata al Nobel de Medicina en 2008 por su descubrimiento de la relación entre el virus del papiloma humano y el cáncer de cuello uterino, trabajo clave en la obtención de la vacuna contra el VPH, un medicamento que ha salvado la vida de cientos de millones de mujeres en todo el mundo.
Nota final: no subestimo la gravedad de la pandemia, pero sí creo que las medidas de aislamiento son exageradas y anacrónicas, y que buena parte de los «protocolos de bioseguridad» solo sirven para gastar fortunas en telitas tiernas y lociones inútiles.