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Casi toda la verdad

18 de febrero de 2011 - 10:14 p. m.

A FINALES DEL AÑO PASADO LA EDItorial Planeta publicó Casi toda la verdad, una compilación de conversaciones de María Isabel Rueda con «los cinco grandes de mi generación»: Enrique Santos Calderón, Yamid Amat, Felipe López Caballero, Juan Gossaín y Álvaro Gómez Hurtado.

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El libro está escrito como mandan los cánones: la prosa es sobria y clara, el cuestionario atrevido, las contrapreguntas incisivas y las respuestas están puntualmente confrontadas.


En su capítulo, Enrique Santos recuerda los tiempos cuando era íntimo de los jefes del M-19, El Tiempo le prestaba papel y tinta a Voz Proletaria y Jorge Restrepo comía helados con Gabino. Qué tiempos aquellos. ¡Es como si nos dijeran hoy que vieron a Roberto Pombo comiendo crispetas con Pablo Catatumbo!


Reconoce que le sacó la piedra el cierre de Cambio y que el hecho afectó la credibilidad de la Casa Editorial El Tiempo (el cierre de la revista precipitó el retiro del periodismo de Enrique Santos y provocó el silencioso portazo que marcó su despedida).


En la página 69 Juan Manuel Santos nos enseña cómo se manejan en Colombia los asuntos de Estado. Cuenta que un día lo llamó el presidente Gaviria y lo puso a escoger entre la Cancillería o la cartera de Comercio Exterior. JMS eligió la cartera de Comercio y corrió a contarle la buena nueva a María Clemencia, su esposa. “¡Animal, como se te ocurrió rechazar la Cancillería!”, trinó la señora, que ya veía sus bien cortados trajes y su esbelta figura del brazo del canciller en las portadas de las revistas del mundo. Entonces JMS corrió sudoroso a Palacio, pero Gaviria le dijo: “Es tarde, ya nombré canciller a Noemí Sanín”.


La página 72 trae la versión de Gaviria. “JMS sí me pidió la Cancillería y me puso en una encrucijada porque López Michelsen la estaba pidiendo para su hijo Alfonsito”. Gaviria resolvió el dilema nombrando a Noemí en la Cancillería (como quien dice, ni para Dios ni para el diablo), a Alfonsito en Agricultura, para desagraviar a López Michelsen, y a JMS en Comercio para controlar a El Tiempo y librarse, de paso, del acoso de Enrique Santos Castillo, el papá de JMS, que estaba loco por tener un hijo ministro (Gaviria no quería a JMS porque no lo había ayudado en la campaña. “Él no le ayudaba políticamente a nadie”, rezonga Gaviria en la pág. 70).


Meritocracia pura. ¡Y pensar que en los libros de historia todavía se le llama a su periodo “el revolcón”!


En la página 261 Felipe López declara que “el gobierno de Uribe me gustó mucho”. Pero en la 266, cuando María Isabel le pregunta por qué Uribe tenía tanta popularidad entre la gente y tan poquita entre los columnistas, él responde: “Es que Uribe se sintonizó con el país real, que es un poquito más paramilitar y más rural que el país periodístico”. ¿Habrá que deducir, entonces, que Felipe López es un poquito del primer país?


En la 256 dice que Samper sí sabía, pero en la 260 lanza este galimatías: “Samper me cae bien y hasta me considero su amigo. Me parece una persona honorable que metió la pata hasta el fondo. No creo que sea capaz de recibir un peso en forma indebida”.

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El libro también tiene reflexiones interesantes sobre la ética del periodismo, revelaciones históricas y pasajes hondamente humanos. En resumen, una obra clave sobre nuestro pasado reciente, así tenga momentos tan poco serios como su materia, la política colombiana. Los entrevistados vacilan a veces porque nuestra realidad es muy compleja, pero también porque son parte interesada. María Isabel, una periodista muy inteligente, debe haberlo entendido. Tal vez por eso lo tituló Casi toda la verdad.

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