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Chisme y relato

18 de septiembre de 2015 - 11:16 p. m.

El cuento debe ser casi tan viejo como Lucy, nuestra tatarabuela, y un tris más joven que la poesía.

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El poema debió nacer tres días antes del cuento, cuando el gruñido se volvió injuria furiosa pero articulada, o grito temeroso, o exclamación de júbilo; o por el contrario, cuando el gruñido áspero se suavizó en interjección, silbo, plegaria o canción. Todas estas operaciones son objeto de la poesía, que es el desarrollo de una exclamación (Valéry), que no es relato ni reflexión.

Una semana después de la invención de la poesía por un sujeto enamorado, medroso o energúmeno, nació el cuento en torno a las fogatas donde los homínidos doraban perniles bajo la bóveda constelada de astros.

Los primeros cuentos debieron ser hipérboles de cacería, mitad realidad, mitad ficción. O ficción pura, como en las fábulas mitológicas, o chismecillos de la manada, aunque esta función sea más propia del periodismo que de la narrativa (como nadie ignora, el periodismo es el chisme procesado a escala industrial).

Los antropólogos coinciden en que la invención del lenguaje marcó la diferencia entre los homínidos y las demás especies animales, pero Yuval Noah Harari (Sapiens, de animales a dioses) matiza: el lenguaje del hombre primitivo tenía dos grandes líneas, información y ficción. Era informático para decir, por ejemplo, “¡Cuidado, hay un león en el río!”. La ficción la utilizaron para exagerar las hazañas de una jornada de caza, inventar dioses, justificar jerarquías y joder al débil.

Esta segunda línea resultó clave para la construcción de las grandes redes sociales que hicieron posible el predominio del homo sapiens sobre los demás animales: la religión, las naciones, el dinero, las jerarquías sociales, las leyes y las marcas famosas son relatos de ficción.

El cuento ha vivido a la sombra de los otros géneros. Al principio fue solo parte de vastas sagas religiosas como el Mahabarata o Las Escrituras; o piedras de altos muros épicos, como la Iliada. Luego vino el reinado del drama, como forma superior del relato. Luego el cuento se independizó un poco en forma de colecciones más o menos hilvanadas, como El decamerón o Las mil y una noches.

Pero solo ayer, en el siglo XIX, adquirió el cuento su mayoría de edad, fue un género autónomo y las editoriales lo asumieron como tal. Ya se podía publicar un cuento en los diarios, o un libro de cuentos que no tuvieran ninguna relación entre sí, y la lista de cuentistas era sólida: Poe, Hawthorne, Melville, Marimée, Balzac…

Pero entonces tomó fuerza la novela, aprovechando que la poesía y el drama habían empezado a perder popularidad desde mediados del XVIII frente a la prosa.

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El XIX, pues, marca el fin del reinado de la poesía y del drama, y la irrupción del cuento. Por estas y por otras razones (los grandes tirajes, la aparición del mercado editorial de la mano de la revolución industrial, la demanda del libro literario, la novela por entregas, la evolución de la crítica) los historiadores consideran que, así la literatura sea una práctica antiquísima, nace como campo sociológico en el siglo XIX.

Y en el XIX comienza la dictadura de la novela, régimen que no da muestras de desfallecer pese a los certificados de defunción que periódicamente le expiden los críticos.

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Y es que la novela se reinventa continuamente, la lista de sus cultores es larga y linajuda, y goza de fama de “profunda”, quizá por ese viejo prejuicio que equipara volumen y seriedad. La novela fagocita todo lo que encuentra a su alrededor: echa mano del cuento, la poesía, el ensayo, la historia, la ciencia, el periodismo.

No hay nada que hacer. Tendremos que padecer el éxito de esta ripiosa y parlanchina señora por lo menos cien años más.

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