El domingo en la noche todo era confusión.
Confusión, rabia y tristeza en las toldas del Sí, y confusa alegría en las toldas del No. Haciendo de tripas corazón, dos horas después de conocido el resultado del plebiscito Santos dijo que seguía en la brega. Timochenko lo secundó. A las nueve de la noche Uribe hizo un discurso presidencial. Con la magnanimidad ritual que los vencedores estilan, les tendió la mano a los vencidos, habló de educación, de inversión extranjera y hasta del plebiscito y dio oficialmente inicio la campaña del 2018.
El lunes se manifestaron los estudiantes (los profesores y los estudiantes guardan sagradamente los festivos). Muy lindos ellos, sí, pero llegaron un pelín tarde. Santos no pudo contenerse más, amenazó con terminar el cese al fuego el 31 de octubre y el Mindefensa tuvo que correr a explicar que no era un ultimátum sino apenas un penultimátum.
El martes los partidarios del Sí hicieron yoga: “El triunfo del No posterga la paz, pero la entrada de Uribe al escenario de las negociaciones facilitará el desarrollo del posconflicto”, dijeron.
El miércoles el presidente habló tres minutos con Pastrana y cuatro horas con Uribe. Al salir de Palacio, y fiel a sus móviles principios, Pastrana dijo que el 99% del país estaba con el Sí; el exprocurador dijo que revisaría “cada coma y cada punto del Acuerdo”; Uribe pronunció un lacónico discurso de concordia y todos entendimos que el cocido estaba crudo.
Ese mismo día el expresidente de la Corte Constitucional, Eduardo Cifuentes, un señor visiblemente perturbado, le dijo a Caracol Televisión que el plebiscito se podía tumbar a punta de cabildos abiertos.
Algo debió suceder la noche del miércoles porque el jueves Juan Carlos Vélez Uribe madrugó a confesarle a La República que la campaña del No había consistido en difundir patrañas burdas y fábulas distópicas matemáticamente estratificadas “para que la gente se enverracara”. Era un cuento viejo que ya todos conocíamos, pero que lo contara el jefe de la campaña del No causó conmoción nacional. ¡No es frecuente ver a un uribista diciendo la verdad!
Uribe corrió a desmentirlo, pero nadie le creyó porque la versión de Vélez coincidía punto por punto con la estrategia del No, la más sucia de nuestra sucia historia.
Pero el evento gordo sucedió en la madrugada del viernes, cuando el Comité Nobel de Noruega anunció que Juan Manuel Santos era el ganador del premio de la paz. Como es apenas natural, la noticia generó una oleada de apoyo al presidente y a los Acuerdos en el país y en el mundo… salvo en el Centro Democrático, donde Uribe trinó: “Felicito el Premio Nobel para el presidente Santos, deseo que conduzca a cambiar acuerdos dañinos para la democracia”.
¿Qué sigue ahora? Yo creo que el Gobierno debe abrir dos mesas de diálogo en Colombia: una con el CD y otra para los demás líderes del No. Con estos últimos es posible llegar a algún acuerdo. Con los primeros, donde bien cabe Germán Vargas, es imposible establecer consensos. Sus propuestas de “ajuste” al Acuerdo cruzan todas las “líneas rojas” de las Farc, y sus métodos, como ya lo demostró Juan Carlos Vélez, bordean, por el lado de adentro, los límites del código penal.
Además será una mesa eterna porque el objetivo de Uribe es dilatar la discusión para convertirla en el centro de la campaña presidencial del 2018 y seguir succionando las dos ubérrimas tetas que han nutrido su carrera, las Farc y la guerra. Sueña volver al poder para mantener sus huestes, sacar de la cárcel a sus parientes y alfiles, cubrirse la espalda y coronar su obra maestra, la más vasta contrareforma agraria que registra la historia del país.