Vamos a calmarnos: las elecciones del domingo no son la final, son solo el partido de ida. Ninguno de los candidatos tiene, por fortuna, el caudal necesario para imponerse en la primera vuelta. Esto llevará a reacomodos y coaliciones que coadyuvarán a la gobernabilidad del partido que gane en junio.
¿Qué puede pasar el domingo? El peor escenario es un triunfo de Duque. Si hay alguien que asuste más que Petro, es Duque, el joven que representa las ideas más decrépitas de la caverna profunda. Duque no es nada por sí mismo, solo es un figurín de esa secta que tapó a medias un hueco (las Farc) para abrir un abismo (el paramilitarismo). Una secta que se disputa el favor de las otras sectas con Vargas. Que reeditará los horrores del “decenio negro”: millones de desplazados, millones de hectáreas usurpadas, miles de hombres humildes asesinados y disfrazados de guerrilleros como muñecos macabros. Persecución a magistrados, a periodistas y a las ONG. Negación de los derechos de las mujeres y de las minorías. El Levítico suplantando a la Constitución. Estilo camorrero y cierre de las incómodas Cortes. Desconocimiento de la crisis ambiental. Alineación del país con los zigzags del payaso del Norte. Las cárceles llenas de “para-políticos”. La mentira como sistema: posverdades, ideología de género, campañas para “emberracar a la gente” y “conceptos” novedosos: mis prófugos no son prófugos, son víctimas de la Justicia; la paz no nos gusta así, ni asá, ¡viva la fiesta de la guerra!
Germán Vargas no puede atacar el problema número uno, la corrupción, porque lo suyo es el clientelismo, que es la savia del “torcido”. Lo peor: si gana Vargas, el verdadero vicepresidente será Rodrigo Lara, un doctorcito viscoso pero pedante. Lo mejor: a diferencia de Duque, Vargas será presidente, no marioneta de un genocida que vive dando lecciones de moral. Tiene la experiencia para ejecutar y el músculo para lidiar con el turbio Congreso y con el sirirí de Uribe. Puesto a escoger entre la marioneta y Vargas, me quedo con Vargas.
El mejor candidato hizo la peor campaña. ¿Cómo logró Humberto de la Calle pasar de favorito a disputar la cola con el pastor y el voto en blanco? Ser liberal y pacifista es imperdonable, claro, pero resultó clave la ayuda de César Gaviria, que anda en tratos con Duque para conseguirle coloca a Simón Gaviria. Sacrificar a De la Calle en aras de esta joven nulidad, es el broche de popis con el que cierra su carrera el Turbay de Pereira.
Petro no tiene programa, tiene sueños, los más modernos y sensibles, pero ya demostró que su especialidad es convertirlos en pesadillas. Además, ¿se imaginan un país con Petro en la Presidencia y Uribe en la oposición? Un líder es una persona que suma voluntades en torno a un proyecto nacional. Uribe y Petro son maestros del pérfido arte de la división.
Fajardo es un ejecutivo tranquilo y transparente. Todos prometen educación y probidad. Fajardo lleva muchos años ejerciéndolas. Es por esto que tiene el respaldo de una buena parte de los industriales, de dos críticos tan inflexibles como Robledo y Claudia López, de académicos como Ignacio Mantilla y Moisés Wasserman, de científicos como Rodolfo Llinás, Juan José Yunis y Hernán Moreno, y de periodistas como Daniel García Peña, Mauricio García Villegas, Pirry y Daniel Samper Ospina.
Fajardo no es una lumbrera, por fortuna. Quizá por esto mismo no vive encandilado. Lo suyo son las acciones tranquilas, la perseverancia, los manejos claros, la formación y conservación de un equipo de trabajo a lo largo de los años. No necesitamos más. Ya hemos padecido genios, mesías y energúmenos.