El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Dios versus el Gran Colisionador

26 de septiembre de 2008 - 08:51 p. m.

DESDE EL DESCUBRIMIENTO DEL mapa del genoma, la comunidad científica no experimentaba un revuelo semejante. El Gran Colisionador de Hadrones (LHC por su sigla en inglés), la máquina más grande del mundo, ha logrado captar el interés no sólo de la comunidad científica, sino también del público en general.

PUBLICIDAD

Razones no faltan: los experimentos que allí se realizan tendrán consecuencias en todos los campos, desde la informática hasta la teología, pasando por la astrofísica; es un complejo científico de 8,6 kilómetros de diámetro situado a 100 metros de profundidad en la frontera de Suiza y Francia; en el centro hay una estructura rara, una especie de “microchip” tan alto como un edificio de siete pisos; su construcción demandó 15 años y 10.000 millones de dólares; este monstruo de acero, silicio, plásticos y fibra óptica está rodeado por el colisionador propiamente dicho: un túnel circular, un acelerador de partículas de 27 kilómetros de longitud. Se calcula que LHC arroja ya el uno por ciento de toda la información que se produce diariamente en el mundo. Para manejar semejante volumen de datos tuvieron que crear The Grid, una super-red que cuenta con más de 50.000 servidores. Grid es capaz de descargar en cinco segundos lo que le tomaría cuatro horas a un usuario de banda superancha equipado con el mejor computador personal del mercado.

Los objetivos de este monstruo son dignos de su tamaño: reproducir las condiciones físicas que dieron lugar al universo, es decir, recrear el big bang y atrapar el esquivo bosón Higgs, una partícula, hipotética hasta ahora, que esconde el secreto del origen de la materia. Según el modelo estándar de la física, sin la mediación de la fuerza de este bosón, la energía nunca se hubiera podido condensar en partículas materiales.

Todas las cosas están formadas por dos clases de partículas de verdad elementales, es decir, que no pueden descomponerse en partículas más pequeñas: los bosones, vehículos de fuerzas, y los fermiones, o los cuantos de materia, los “ladrillos” más pequeños del universo. No hay más. Toda las criaturas imaginables (las piedras, las flores, los pájaros, las estrellas, las salamandras y Mónica Belluci) están hechos de bosones y fermiones.

Los físicos creen que los bosones de Higgs sólo existieron en la primera milbillonésima de segundo del big bang, cuando cumplieron su misión de crear materia (fermiones) y se esfumaron. Por eso están interesados en producir big bangs a escala y atrapar al bosón Higgs y quizá otras partículas desconocidas que escribieron las reglas del cosmos en un instante y desaparecieron para siempre.

Para los teólogos la cosa es simple: el bosón de Higgs es Dios, el único ser capaz de crear algo de la nada (de aquí su apodo de “partícula divina”). Por esto, afirman, la partícula no ha podido ser observada nunca, desde que Peter Higgs postuló su existencia en 1964. Si el bosón no aparece, los físicos estarán en apuros para ajustar el modelo estándar de la física y tendrán que tragarse su soberbia. Pero si LHC logra atrapar aunque sea una de estas elusivas partículas, los teólogos no tendrán problema: dirán que el bosón de Higgs nació de un soplo de Dios en la primera milbillonésima de segundo del big bang, un día hace 14.000 millones de años, y desapareció con otro soplo.

En cualquier caso, no hay que subestimar a LHC. Recordemos que es un proyecto del CERN, el Consejo Europeo para la Investigación Nuclear, el mismo organismo que creó la web en 1989, esa telaraña sutil, ubicua y omnisapiente.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias