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Dos dioses severos

09 de mayo de 2014 - 08:16 p. m.

La historia de la salida del pueblo hebreo de Egipto tiene dos finales.

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Según el Éxodo, la noche que murieron todos los primogénitos egipcios el faraón cedió al fin, aterrado ante aquella prueba palpable del poder del dios de los hebreos, y los dejó marchar. Pero luego ordenó a sus generales que los persiguieran y los matasen. Según es fama, ya iban alcanzándolos en las playas del mar Rojo cuando las aguas se abrieron de manera providencialmente hidráulica para dar paso a los fugitivos. Una vez repuestos de la sorpresa, los soldados egipcios se internaron también en la majestuosa avenida flanqueada por los altos muros líquidos… pero el mar se cerró sobre sus cabezas. Murieron todos, con sus coquetas minifaldas de guerra empapadas, y con sus ojos, perfectamente delineados con humo de khol, brotados como peces de aguas profundas.

La otra es la versión de los Anales egipcios de Al-Bur Maghreb. Allí se cuenta que el faraón cambió de parecer cuando se tropezó con un juguete de su hijo en los pasillos de palacio. Que al día siguiente de la tragedia no asistió a los funerales de los primogénitos sino que se encerró en el templo de Seth, el demonio egipcio, e invocó a la oscura deidad. Con lágrimas furiosas, el faraón le reprochó que hubiera abandonado a su pueblo dejándolo a merced de magos extranjeros. Entonces Seth habló desde una neblina acre: “El pueblo egipcio será vengado con creces —dijo—. Yo hechizaré a los hebreos para que sueñen que salen, que marchan por el desierto y las aguas se retiran a su paso, que del cielo les llueven alimentos y llegan por fin a tierras donde corren ríos de leche y miel, pero en realidad, serán esclavos por siempre en el valle del Nilo erigiendo represas, palacios festivos y pirámides funerarias. Te prometo que también ellos verán correr un día la sangre de sus niños, y que no conocerán la paz en setenta generaciones”.

Las dos versiones son plausibles, al menos para los que creemos en prodigios. Yo me he limitado a transcribirlas aquí, y es poco o nada lo que puedo agregar a las Escrituras y a Maghreb.

Hay que reconocer que la maldición de Seth parece estarse cumpliendo. Las desgracias de los hebreos se prolongan en la actualidad, y la Tierra Prometida no se vislumbra en el horizonte del tiempo. Claro que sus teólogos ven las cosas de otra manera. El auge del cristianismo, cuyo credo se extiende por los cinco continentes, ha hecho de todo el planeta la Tierra Prometida del dios de Israel, afirman. ¿Qué más prueba de su poder que poner el trono de Pedro en Roma, la capital pagana? (“Pilatos hace un gesto y Jesús desaparece. Jesús hace otro… ¡y Roma es el Vaticano!”). ¿Qué más prueba de su generosidad que hacer el oro dócil al cálculo judío, la ciencia dócil al pensamiento de sus sabios y la guerra un arte fácil para sus estrategas?

Los egipcios, por su parte, descreen de esta retórica y esgrimen como argumentos el maná, los ríos de leche y miel y la separación de las aguas, visiones propias de gentes alucinadas. Y nos recuerdan que los 25.000 coptos (cristianos egipcios) que laboraron y murieron en la construcción de la presa hidroeléctrica de Aswan eran descendientes, todos, de los hebreos que lideraba el tartamudo Moisés.

Lo cierto es que el mundo no ha estado regido nunca por deidades benévolas. Las infamias de la historia política y las crueldades de la natural son bastante elocuentes como para ahorrarme aquí demostraciones innecesarias. En el caso concreto que nos ocupa, y sea cual sea la versión que uno acepte (o profese), es claro que nada bueno podía resultar del choque de dos potencias tan severas como el cruel dios del Antiguo Testamento y el tenebroso Seth egipcio.

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