La crónica es un cuento en el que todo es verdad, habría dicho el Gabo en alguna parte.
Cierta o no, en la frase está contenido el prodigio de la crónica, pero al mismo tiempo su mayor dificultad, esa a la que alude el famoso látigo del prólogo de Música para camaleones, con el que Truman Capote simbolizó la diferencia entre escribir bien y escribir mal; o con más precisión, entre escribir y hacer literatura.
Que la crónica haya mutado de género periodístico a género literario (periodismo literario), aunque parezca un acto de magia entre géneros, como quien saca un conejo blanco de una chistera, no es más que el maridaje extremo entre el reportero y el escritor. Hemingway sin más.
A la crónica no le bastan los reporteros, por audaces y andariegos que sean, por capaces que sean de hablar con todos los actores, de practicar la inmersión como si fueran etnógrafos, por hábiles que resulten para cotejar las fuentes, hasta apoderarse del alma del suceso. Tampoco le bastan los prosistas, los magos del lenguaje. La crónica necesita de una síntesis concentrada de los dos, de la que bien saldría un “monstruo perfecto” con látigo y todo.
La Fundación Casa de la Lectura, con el apoyo del Mincultura, de la Biblioteca del Centenario de Cali y el periódico El País, se inventó para 2014 un taller de 20 semanas, orientado a formar cronistas en Cali. El taller Ciudad de Cali —“Ciudad Crónica”— es un espacio de educación no formal en el que se trabaja con periodistas profesionales y estudiantes de comunicación, en un nivel, y con personas sin experiencia periodística, en otro. Reunió 60 personas bajo la dirección del cronista Jorge Enrique Rojas, que la semana pasada recibió en Alemania el premio Ulrich Wickert 2014, y Lucy Lorena Libreros, cronista de Gaceta, Premio Simón Bolívar de crónica 2014, ambos de El País. Para la edición 2015 se ha agregado a la iniciativa la maestría de periodismo de la Universidad Icesi.
De este primer intento, que apunta a establecer un taller permanente, como los de la Fundación Nuevo Periodismo, de Cartagena, quedan algunas lecciones. Al hablar con Alberto Rodríguez —coordinador académico del proyecto— se entiende que una cosa es enseñar reportería, y otra enseñar a escribir. Es necesario que un cronista haga las dos cosas, como el camarógrafo que entrevista. Una primera conclusión, faltando un par de semanas para que termine por este año la experiencia, es que las competencias no vienen naturalmente balanceadas. Los buenos cronistas deben saber moverse en la inmersión, untarse, oler. El olfato, la curiosidad y la capacidad para saber preguntar, son sus recursos vitales. Pero ¿se puede enseñar el instinto de reportero? Se pueden enseñar técnicas. Y es lo que se hace en un taller de reportería.
En cuanto a la escritura, los esfuerzos didácticos de los talleres oscilan entre lo posible y lo imposible. Convertir escribas silvestres en prosistas, encontrar la voz, hallar el tono y estimular la pulsión, se han convertido en objetos de enseñanza. Pero sin duda “la línea recta”, el camino más corto para la autoformación del cronista, es la lectura. Leer crónicas sigue siendo el mejor ejercicio para aprender a escribirlas.
En el fondo, el secreto del cronista consiste en moverse con sentido y aprender a escribir leyendo, es decir, a raponear con estilo. Tan sencillo y complejo, como sacar “monstruos perfectos” de un taller.
P.D. Anualmente, el concurso de cuento RCN entrega con bombos y platillos, a los 30 ganadores, “portátiles” enormes, camastrones gruesos de pésima calidad, marca Pollito, que estiran la pata en cuestión de meses. ¿Será mucho pedir que entreguen un equipo fino, delgado y bonito la próxima vez?