El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

El cabezazo informático

17 de mayo de 2013 - 06:00 p. m.

En lo que tañe a los contenidos, el suceso más relevante de la historia de la información, y quizá también de la historia de las letras, fue la fusión de prosa y noticias.

PUBLICIDAD

El híbrido se conoce como periodismo literario y tuvo lugar a mediados del siglo pasado, aunque algunos piensan que fue en el XIX, cuando Balzac hacía literatura de no-ficción sobre las mañas de la burguesía (“Soy el secretario de la sociedad francesa”) y Marcel Schwob escandalizaba a los historiadores introduciendo con descaro elementos de ficción en las biografías de personajes históricos, y Dickens escribía novelas que denunciaban los horrores sociales de la revolución industrial inglesa con un realismo y una prolijidad de “elementos simbólicos de status” (vestuario, alimentos, muebles) que exasperaron a Wilde: “Dickens es nuestra primera autoridad en todo lo que es de segundo orden”.

Otros aseguran que el fenómeno empezó con Defoe en el XVIII porque en su Diario de la peste hay prosa de buena ley y una profunda “investigación de campo”. Otros dicen que Heródoto fue el primer “enviado especial”, porque sus nueve libros de historia recogen las costumbres de varias naciones.

Pero hasta un senador entiende que todos estos fueron sólo precursores. Pensar que el periodismo literario empieza con Defoe es como decir que la física atómica empieza con Demócrito, el señor de Abdera que acuñó la palabra “átomo” en el siglo V a. C.

La fusión tuvo lugar concretamente en un género periodístico, la crónica. La literatura aportó sus estructuras narrativas, diálogos y monólogos, cambios del punto de vista, un manejo no-lineal del tiempo y, claro, la textura de la prosa, que le dio relieve al lenguaje meramente informativo. El periodismo aportó sus vastos tirajes y auditorios, claridad en el mensaje, velocidad narrativa y un “gancho” formidable: la promesa de la verdad. Sin necesidad de jurar nada, sin siquiera decirlo, el periodista nos garantiza que va a contar lo que sucedió en la realidad”. Es una ventaja enorme. El literato tiene que acumular penosamente puntos de verosimilitud. El periodista arranca instalado en la verdad.

Entre las muchas consecuencias de este matrimonio podemos destacar estas.

La información se humaniza sin vergüenza: la nueva criatura se define como “periodismo subjetivo”.

Los textos de prensa se sofistican y seducen a lectores más exigentes, a la vez que la forma de los textos literarios se simplifica y se acerca al lector promedio.

Ignorando el viejo dilema entre rigor o belleza (“el poeta sacrifica un mundo para pulir un verso”) se acepta que el prosista tiene un elemento de precisión del que carecen el historiador desmañado, el redactor apenas gramatical o el ensayista de divulgación apenas riguroso.

Aunque todavía se ruborizan al reconocerlo, los cronistas tienen un amplio margen de maniobra: ya no es un sacrilegio pensar que la imaginación y la verdad histórica pueden ser instrumentos complementarios.

No ad for you

El auge de la novela histórica, que está más cerca de Truman Capote que de Walter Scott, es también consecuencia del periodismo literario.

Quizá podemos entender su aparición si aceptamos que estamos ante un fenómeno sincrónico del siglo XX, cuando los equipos de trabajo se volvieron forzosamente multidisciplinarios; cuando la Verdad de todos los siglos fue reemplazada por “las verdades” de Nietzsche; cuando el determinismo del XIX tuvo que ceder el campo a las incertidumbres del XX; cuando la ciencia positiva devino ciencia irónica, la que vaticina que ya no podrá vaticinar; cuando el tablero de escaques blancos o negros de Aristóteles fue reemplazado por el vasto fresco de grises de la lógica difusa.

 

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias