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El más manso de los hombres

01 de abril de 2016 - 09:46 p. m.

Pocas obras suscitan tantas interpretaciones como la de Franz Kafka. Creo que hay dos factores que mantienen vivo el debate: la quiebra de los modelos esféricos en las ciencias y las humanidades en el siglo pasado, suceso que dio voz a las narrativas del absurdo, y la tensión de dos fuerzas de signo opuesto: por un lado su prosa, clara, poderosa, austera, y por otro sus historias oscuras y sus finales abiertos, suelo fértil para las interpretaciones.

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“Ni siquiera el arte táctil y rememorativo de Proust o el universalismo experimental de Joyce han suscitado tal número de lecturas disímiles. Y no hay obra en la literatura mundial que haya emergido tan incólume de la refriega. Como un animal fabuloso –inalcanzable, indefinible– Kafka aflora una y otra vez del mar de las interpretaciones. Las aguas resbalan sobre su obra, que se alza siempre enigmática, atractiva, inquietante, terrible, absorbente, dispuesta a generar nuevas interpretaciones… y a devorarlas. Toda gran poesía es no solo fuente, sino también recipiente; y la poesía de Kafka ha demostrado ser un recipiente de capacidad ilimitada”. (Günter Blöcker).

En efecto, algunos ven en Kafka “un espejo de edades oscuras” (W. H. Auden) por sus variaciones de temas mitológicos, o “un profeta de los totalitarismos fascistas” (George Steiner); un parabolista de la paciencia (Harold Bloom), un espíritu burlón de los laberintos de la burocracia (Juan José Arreola), un crítico sensible de la educación, la justicia, la moral, la familia; incluso hay críticos que, apoyándose en cuentos como “La colonia penitenciaria”, aseguran que toda la obra del “trágico” checo debe leerse en clave de humor.

Borges despreció estas lecturas alegóricas. “Franz Kafka, padre de sueños desinteresados, de pesadillas sin otra razón que la de su encanto, logra una mejor soledad. No sabemos, y quizá no sabremos nunca, los propósitos esenciales que alimentó. Aprovechemos ese favor de nuestra ignorancia, ese don de la muerte, y leámoslo con desinterés, con puro goce trágico. Ganaremos nosotros y ganará su gloria también”.

El pasaporte dice que sus ojos eran de un “gris azulado oscuro”. Max Brod creyó ver en ellos la presencia de algo que el resto de los hombres ignoraba totalmente. Era vegetariano y orejón. Su dieta incluía coles verdes, huevos al plato, pan integral, sémola con zumo de frambuesa, vino de grosella y los alimentos suaves de los sanatorios, compota de manzana, puré de papas, verduras licuadas, yogur, tortillas dulces y pan negro de malta. Su relación con las mujeres era romántica, misteriosa y pueril. Su ropa estaba siempre limpia y cuidada, nunca elegante. Sus trajes eran grises o azul marino, como un empleado, como el empleado puntual y celoso que siempre fue, hasta el punto de que alguna vez pagó de su bolsillo un abogado para que defendiera los intereses de un obrero, afectados por la Compañía de Seguros de Accidentes de Trabajo para el Reino de Bohemia, la empresa donde trabajaba el escritor.

Se sabe que podía pasar horas enteras contándoles historias a los niños de la familia, jugando al escondite en el huerto, construyendo castillos de arena o mesitas, y que ni los castillos ni las mesitas se sostenían en pie.

Decía que las personas que tenían hijos estaban en lo cierto, porque tenerlos era la única manera de tener a raya al insoportable “yo”. Amaba el silencio y usaba tampones para los oídos. “Cuanto más hondo se cava uno una fosa, tanto mayor es el silencio, ese silencio que los hombres detestan y combaten porque no quieren aceptar la muerte”.

Quizá haya mejores estilistas y narradores más ingeniosos y fabulistas más hondos y aforistas más retorcidos, pero ninguno es tan querido como él, el más manso de los hombres.

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