Permítame empezar con una obviedad: en la discusión sobre la paz, como en todo lo relativo a la cosa pública, hay que escuchar a la oposición.
Si los acuerdos de La Habana exhiben altos estándares de consistencia y legalidad, hasta el punto de que tienen un reconocimiento internacional muy amplio, ha sido en buena parte por la presión ejercida por las voces de la oposición.
Esta presión, más el equilibrio resultante del pulso Gobierno-Farc, las conclusiones de las mesas de trabajo de los diversos estamentos de la sociedad civil, la participación de la academia, los militares, los industriales, las víctimas y expertos colombianos y del mundo en varios campos, está arrojando un acuerdo que ha llamado la atención del mundo.
A los factores anotados, hay que añadir uno clave y humilde a la vez: la voluntad de las partes. Su paciencia para soportar los “inamovibles” del otro. La aceptación de que todos hemos cometido errores que, si no se enmiendan, la inviabilidad del país alcanzará, mañana o pasado, cotas mucho más críticas que las que padecemos hoy.
La mayoría de las objeciones de la oposición han venido de la derecha (la izquierda ha planteado muy pocos reparos a los diálogos de La Habana) y son, lo repito, dignas de consideración. Por desgracia, las objeciones que más pesan son las menos serias. Por el ruido que generan y por la capacidad de comunicación de sus voceros, los argumentos de la derecha que tienen más eco son, ay, los de la ultraderecha.
Y lo mismo pasa en todos los sectores del espectro político. En los foros escucho preocupaciones sensatas de líderes, empresarios y académicos de todos los colores (derecha, centro, izquierda) sobre aspectos tan claves como la financiación del posconflicto, la constitucionalidad del “blindaje” de los acuerdos y los desafíos técnicos que el desarrollo rural plantea, pero todo esto es acallado por un trino efectista, un aforismo caricatural o una ofensa ramplona. ¡Castrochavista! ¡Enmermelado! ¡Paraco! ¡Furibista!
Al final del día, solo quedan en el ambiente jirones de disparates. Que Santos es comunista. Que en La Habana se está negociando la entrega del país a las Farc. Que el cambio del modelo económico hace parte de la agenda secreta de la mesa. Que Uribe planea un acto terrorista apocalíptico en la capital para inculpar a las Farc. Son un cúmulo de sandeces que solo caben en la cabeza de sujetos delirantes. O inocentes, que también los hay y se cuentan por millones, desgraciadamente.
Como dije, lo que más preocupa es que los mejores argumentos, en especial los que vienen de la derecha, son acallados por el ruido efectista de la desinformación que emite la ultraderecha. Este factor empobrece el debate de manera lamentable y peligrosa.
Es un deber de todos los que estamos interesados en la reconstrucción del país elevar el nivel del debate. El país enfrenta una coyuntura providencial y compleja. Es un momento que requiere altas dosis de imaginación y generosidad. Y sintaxis. El Gobierno, las Farc, los gremios y la academia deben afinar sus comunicados. A la complejidad de los temas no podemos sumar una redacción farragosa. Es imperativo desarmar el lenguaje, agilizar los foros, acotar bien los temarios y formular las conclusiones de manera límpida, es decir, procurando que los documentos tengan síntesis, precisión, claridad y poesía. El último elemento no es el menos importante. Es necesario que el lenguaje sea vigoroso para que el mensaje sea recordado, para que las palabras seduzcan y nos muevan a la acción.
Permítanme terminar con otra obviedad: el futuro del país tendrá exactamente la misma calidad de los debates que lo trazarán.