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El oro y la oscuridad

07 de septiembre de 2012 - 05:45 p. m.

No cesan los comentarios sobre la acusación de plagio que el cronista Alberto Salcedo lanzó contra el joven novelista monteriano José Manuel Palacios.

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La cosa fue así: el joven publicó El corazón del escorpión, una novela en la que copió páginas enteras de El oro y la oscuridad, la biografía de Pambelé escrita por Alberto Salcedo. Para no poner comillas ni paréntesis ni citas a pie de página como cualquier ensayista (Salcedo, 2010), Palacios se inventó un personaje llamado Alberto Salcedo. Todavía intranquilo, Palacios le contó su plan a Salcedo y le mandó el borrador de la novela. Halagadísimo, Salcedo emitió un imprimatur: nihil obstat, pelao, hágale, díjole vía mail. Pero después se retractó. Atracado sintiose. Despojado. Plagiado. Y usó el peso de su nombre para evitar que Alfaguara, su casa editorial, publicara la novela del pelao. Atenta al sonido de la registradora, Alfaguara tomó partido por Salcedo.

Como dijo Simón Gaviria cuando le preguntaron sobre la obra de Ortega y Gasset, yo no he leído a ninguno de los dos. Ni a Palacios ni a Salcedo. Pero me parece mezquina la actitud de Salcedo. Esa águila no debió preocuparse por este colibrí parlero. Este muchacho no podía robarle nada porque El oro y la oscuridad ya estaba publicado. ¿Qué le costaba mirar para otro lado, como Dios, ese señor tan distinguido, y recibir con tranquilidad el homenaje que le rendía el joven monteriano? Pero no. Salcedo montó en cólera, lanzó más trinos que el paisa de marras, convocó a la prensa y armó un gran estropicio sólo para aumentar en tres decibeles el nivel de los claros clarines que pregonan su fama urbi et orbi. No hay derecho.

Los autores de verdad grandes tienen opiniones más agudas sobre estas minucias. André Gide, por ejemplo, dijo: “El plagio se justifica cuando involucra el asesinato”. Quería decir que uno puede robar alguna cosilla con la condición de que la mejore, que la enriquezca hasta el punto de que a nadie le importe ya de quién era la versión original, tal como hizo Goethe con Fausto, una leyenda del folclor alemán, o como Shakespeare, que entró a saco en los centones de Holinshed y en el folclor anglosajón, o como Hawthorne, que se ponía el caucho escribiendo en la tapa: “Viejos cuentos contados otra vez” y nos regalaba historias tan extraordinarias como Wakefield o El velo negro del pastor.

A Borges tampoco lo desvelaba el tema. No se creía dueño de nada porque era muy consciente de que trabajaba con un idioma pulido y repulido por los siglos y las generaciones, lleno de giros y metáforas, de ambigüedades y precisiones, rico en vocablos y acepciones y hasta en preciosas frases hechas, listas para el uso del respetable, de viejos y jóvenes, de novelistas y cronistas, de zafios y doctos, de zorras y doncellas, de píos y gentiles, de espléndidos y avaros. Sabía que, así como los bloques de mármol de Miguel Ángel guardaban caballos, papas y muchachos, una lengua contiene, en potencia, todas las canciones y todos los cuentos y todas las plegarias. Y se sabía prisionero de una ruma de felices influencias. De bibliotecas enteras de influencias. Por eso puso al frente de Fervor de Buenos Aires: “Si las páginas de este libro consienten algún verso feliz, perdóneme el lector la descortesía de haberlo usurpado yo, previamente. Nuestras nadas poco difieren; es trivial y fortuita la circunstancia de que tú seas el lector de estos ejercicios, y yo su redactor”. Aprenda, Salcedo. Aprenda. ¡Pídales a los dioses del periodismo literario que pongan más oro y menos oscuridad en su corazón!

Post scriptum. Retiro lo dicho. Tacho-saquis-cuadris. Salcedo no es un águila; es una gallina aletosa encaramada en zancos vanos.

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