Fue pésimo el aterrizaje del robot Philae en el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko.
La misión está a cargo de ESA, la Agencia Espacial Europea, una entidad financiada por 20 naciones de ese quebrado continente, y pretendía establecer un hito en la historia de la navegación espacial: poner por primera vez una aeronave sobre la superficie de un cometa. De todas maneras, ESA emitió un parte de victoria: «Philae se posó en el núcleo del cometa luego de siete horas de descenso a las 16:03 GMT del miércoles, después de 10 años de viaje y 6.400 millones de kilómetros de recorrido».
Todo es cierto, menos el verbo. La nave-robot no se «posó» sobre la superficie del cometa. Rebotó como una pelota feliz en un salto parabólico de 1 hora y 50 minutos en cámara lenta, para volver a caer lejísimos del lugar elegido por los científicos, rebotar nuevamente en un vuelo de siete minutos y caer al fin en un hueco poco honorable y nada histórico, pero estableciendo una marca difícil de superar: es la primera aeronave que aterriza tres veces en su destino en un solo arribo. Los trenes de aterrizaje (tres sistemas de anclaje) sirvieron para lo que sirve la vacuna de Patarroyo.
Los ingenieros esperaban encontrar en el cometa una superficie blanda, pero Philae chocó contra una roca durísima como el hielo, la materia que forma el núcleo de los cometas, como lo sabe hasta el menos agudo de mis hijos, refractarios todos al mundo de la astronomía.
Para colmo de males, Philae cayó en una grieta de una especie de acantilado donde tiene poca exposición solar, lo que perjudicará el reabastecimiento de sus paneles de energía. Desde allí está transmitiendo de manera zurumbática algunos datos. Los científicos del ESA aseguran que pronto ubicarán sus coordenadas con exactitud. Yo lo dudo mucho. Si no han podido encontrar el avión de Malaysia Airlines aquí a la vuelta, no creo que encuentren ese pequeño artefacto en una grieta situada en un astro que erra a 510 millones de kilómetros de distancia.
Por todo esto, lo más probable es que Philae pase a la historia como un anti-hito, como el proyecto de 20 naciones europeas que hicieron vaca con sus flacos bolsillos para hacer un oso monumental, internacional e interestelar.
Los verdaderos hitos de la exploración espacial seguirán siendo la caminata del cosmonauta ruso, el alunizaje del 69, las misiones Voyager (botellas de náufragos lanzadas a las profundidades del universo) y el aterrizaje del robot Curiosity en Marte.
Aunque la verdad es que, de todas estas empresas, la única que ha conmovido a la opinión pública es el alunizaje del Apolo XI. Las demás son aburridos pies de página de esa gesta. Lo único que puede salvar del tedio a la exploración espacial y alimentar los flujos de caja de sus esmirriados presupuestos, sería un encuentro con una civilización extraterrestre, y ojalá inferior a nosotros, porque ya sabemos qué hacen las civilizaciones superiores con las inferiores. Crunch-crunch-crunch.
En todos los tiempos, la aparición de los cometas ha sido considerada un mal augurio. Pero hay que decir, en su defensa, que todos los tiempos, con cometas o sin ellos, han sido catastróficos en esta malhadada esfera que vive de tumbo en tumbo, como el cacharro europeo.
Allá, en algún punto del espacio profundo, zumba a esta hora el cometa 67P. Algunos rayos de sol alimentan con desgano los paneles de Philae. Solo algunos. La mayoría están concentrados en una delicada misión estética del mundo sideral: crear viento solar para ionizar los gases de los asteroides helados y mantener lacias las colas de los cometas.