La campaña del Sí continúa. La alimentan gestos civiles y estéticos: canciones, silencios, esculturas, intervenciones, teatro, reflexiones, apoyo internacional.
Los necesita porque es un movimiento de construcción. La campaña del No es básica y efectiva. La destrucción no necesita música. El estruendo y la furia son su banda sonora.
Pero no lloveré sobre mojado. Solo quiero comparar el significado y el impacto de dos obras en la campaña del Sí: la paloma de Botero y “Sumando ausencias”, de Doris Salcedo. La primera pesó bastante por el nombre de su autor. Le dijo al país que uno de los grandes artistas del mundo apoyaba el Sí. Pero su paloma de pico dorado repetía de manera muy obvia nuestro viejo anhelo de paz. La segunda pesó también por el nombre de su autora, pero sobre todo por la obra en sí. La enorme mortaja blanca representó a la vez un homenaje a las víctimas de la guerra y un acto de duelo para los votantes del Sí, del noble y maltrecho Sí.
La paloma pasó sin pena ni gloria por el campo de batalla. Es un símbolo gastado, vacío ya de cualquier significación. Botero no vino. Mandó su criatura con una nota floja: “Hago este regalo a mi país para expresar mi apoyo y mi solidaridad con este proceso que les brindará un futuro de esperanza e ilusión a todos los colombianos. ¡¡¡¡¡Enhorabuena por Colombia!!!!!”. Hasta un abogado lo habría hecho mejor.
La mortaja de Doris, en cambio, fue una obra colectiva, honda, manual, femenina, estremecida. La plaza fue literalmente “intervenida”. Fue una intervención psíquica y quirúrgica. Las negras costuras de los retazos podían simbolizar “unión”, “suturas”, “reconstrucción del tejido social” o perforaciones menores que le hacían un contrapunto minucioso y discreto a la gran perforación central de la estatua de Bolívar. El marco, irónico: el Capitolio, los Palacios, la Catedral. La tinta, la única posible para ese contenido, ceniza. Polvo negro y efímero. Nunca rojo (era una obra de duelo, no de violencia). Sobre cada retazo se escribió el nombre de una víctima en una fuente desnuda, sin serifas, de la familia de las paloseco.
“El arte se sitúa en una intersección precisa entre el silencio y la elocuencia. Quizá por esto utilicé ceniza. Como en la vida, los nombres se irán borrando de la tela…”, dice Doris con un dolor apenas atenuado por la ira y el conceptualismo.
Con una miopía inexplicable en un genio, Botero desprecia el arte moderno. Si de él dependiera, obligaría a los artistas a observar con sumo rigor los cánones clásicos y quemaría todo asomo de desviación, las instalaciones, las intervenciones, los cuadros abstractos y los performistas. Y hasta su propia obra, que es una suerte de cómic renacentista, es decir, una variante moderna, pero aún figurativa, de una vieja mirada sobre el mundo y las cosas. Botero quiere ignorar la evolución del arte y de los signos, y el público empieza a cansarse de su obra. Como él mismo.
Doris, en cambio, explora técnicas y materiales, vive atenta a los cambios del mundo y a la rotación de los signos. Estudia, frecuenta las “mecas” del arte y las últimas veredas del país, habla con las viudas, les pide camisas de los difuntos, las almidona, plancha y dobla con cuidado, las arruma y las ensarta con varillas puntudas. O entablilla la pata de un catre de hospital. O taladra el piso de concreto de la sala de turbinas de la Tate Gallery y abre una grieta larga, honda, simple y dramática para recordarnos la honda fractura de la humanidad.
A veces la traiciona el corazón. Entonces brotan, de la barriga de una mesa patasarriba, lanzas de yerba tierna, como esas plantas que asoman, tercas y heroicas, entre las grietas del asfalto.
Gracias, Doris.