El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

El tango, la macumba y James

11 de julio de 2014 - 09:22 p. m.

Confieso que escribo con los ánimos en el piso, más alicaído que Fred, el más abucheado de la abucheada selección Brasil.

PUBLICIDAD

 Pero bueno, el show debe continuar, como decía en All that jazz, haciendo de tripas corazón, el coreógrafo Joe Gideon (Roy Scheider) en esas mañanas negras, con resaca de whisky y alcaloides, cuando vacilaba entre el desayuno y el suicidio mientras trataba de adivinar quién era esa mujerzuela desconocida y poco agraciada que roncaba desgreñada a su lado.

Y es que yo estaba listo para escribir sobre la primera Copa del Mundo para Colombia. Mis cálculos eran irrefutables y hasta pecaban de modestos: si Costa Rica (¿quién es ella?) pasó por encima de tres campeonas del mundo, y España, Italia e Inglaterra estaban viendo el certamen por televisión como cualesquier matronas jubiladas, ¡Colombia vapulea a las reliquias sobrevivientes!

Sigo pensando que era muy posible, que jamás se volverá a presentar una papaya semejante, que Colombia estaba iluminada y perdió esta copa en el instante en que Sánchez parpadeó y la pelota tropezó en la raíz izquierda de un tronco brasileño y se metió en la valla de un felino que acababa de parpadear, también por artes de macumba, por primera vez en su vida.

En fin, volvamos al presente. No más lágrimas sobre la leche derramada. Se corta.

Hoy juegan, con menos ánimos que este columnista, Brasil y Holanda. Se disputan el tercer lugar (“juegan” y “disputan” son maneras de decir. En realidad están obligadas a saltar a la cancha y hacer cualquier cosa. “De campeón para abajo —decía Di Stéfano, alma bendita— lo demás es basura. No he visto reír jamás a un subcampeón”).

Pero le haré barra a Brasil. Es un reflejo condicionado. Durante decenios los latinoamericanos hemos pujado por Brasil y Argentina. Son nuestros hermanos grandes, los que nos han defendido siempre en los recreos, y no voy a ponerme tulipanesco por despecho ni teutónico por tirria. Estoy seguro de que fui uno de los pocos colombianos que no gozaron con el 7 a 1 ni aplaudieron el cagajonazo de Maradona: “Brasil, ¿cómo te sietes?”. Una mierda el Diego.

Como mierdas fueron también los brasileños en el partido Argentina-Holanda, cuando corearon “oles” en un pasaje en que la naranja mecánica le escondió la pelota a Argentina durante dos largos minutos. A propósito, fue un partido perfecto. Se jugó más desde el banco que en la gancha. ¡Cero errores en 120 minutos! Al punto de que Messi y Robben pasaron inadvertidos. Y cuando al fin apareció Robben e iba a fusilar a Sergio Romero en el minuto 90, Mascherano se tiró al piso, lo anticipó por una milésima de segundo e hizo el cierre providencial que puede significar un título del mundo.

Y mañana le haré fuerza a Argentina, por supuesto y por muchas razones. Primero, porque son suramericanos. Por Borges y Maradona, por el tango y los Luthiers. Porque alguna vez fueron los reyes de la bambeta. Por ese magnífico orden táctico que exhibieron ante Holanda y porque son capaces de suplir con coraje cualquier deficiencia técnica.

No ad for you

Y porque nos conviene. Un triunfo de Alemania puede significar una anotación de Müller, y James Rodríguez perdería el trofeo de máximo goleador. Si Müller anota, alcanza a James, que hizo seis goles, pero ganaría el trofeo porque tiene tres asistencias, contra dos de James.

Sería muy lindo que el trofeo se lo ganara un muchacho que jugó dos partidos menos, que no hace parte del club de las potencias, que apenas tiene 22 años y es bello y gago, que es capaz de echarse el equipo al hombro cuando toca, o soportar las patadas de un matón como Fernandinho, o ponerse a llorar cuando suena el silbato y tiene que aceptar que la fiesta terminó.

 

Conoce más
Ver todas las noticias