La civilización del espectáculo de Vargas Llosa es un opúsculo demasiado previsible: la prensa es amarilla, la cultura rosa, la política negra, los ensayos tienen 144 caracteres… el fin se acerca… ¡Arrepentíos!
La queja de los intelectuales contra la banalización de la cultura es vieja. Ya en el bajo neolítico Adorno trinaba contra la “monstruosa fusión de la cultura, la publicidad y la diversión industrializada”. Habermas veía en los mass media un torpedo fatal contra el pensamiento crítico. Muchos vieron en la radio un engendro frívolo que alejaba a la gente de la lectura. Amante de la discusión viva, Platón veía en los novísimos libros sólo pensamientos congelados, fósiles tristes, detestables Kindles, digamos.
Yo no creo que vivamos en una época especialmente inculta. En todos los tiempos la distribución de la cultura sigue la maldición de la campana de Gauss: el grueso de la población vive en una discreta medianía, entre dos vecinos extremos: una rala y culta élite, socialmente variopinta, y una población, igualmente rala, que jamás ha oído hablar de Vargas Llosa… ¡Bienaventurados los simples!
El humor de los intelectuales está asociado con la edad. Cuando son jóvenes intuyen que todo anda mal pero creen que el futuro será mejor, gracias a ellos, por supuesto. Cuando son mayores descubren que las cosas siguen mal pero se consuelan pensando que el futuro será peor.
Los intelectuales maduros creen que “antes” la gente era más culta y leía más. La realidad es que ellos se movían en círculos donde “todo el mundo” leía y veía cine arte y, punto importante, todos fornicaban de manera gratuita y aplicada. Cuando pasa el tiempo los amigos se mueren o se van y quedamos en medio de una multitud de extraños, unos sujetos a los que tachamos de superficiales con una mirada rápida y superficial.
Lo de Vargas es un problema de edad. Por eso detesta el arte moderno, como Botero, otro señor de edad y dotado con más suerte que talento, como Vargas. Ambos, estoy seguro, encuentran más interesante un bodegón que La grieta de Doris Salcedo. Perdónalos, Señor.
Un paréntesis para los fans del peruano: no digo que él tenga mala ortografía ni que desconozca el manejo de las estructuras narrativas y esas cosas. Es sólo que, qué pena, está muy lejos de Borges, Carpentier, Rulfo, Gabo y Cortázar, para no salir de la órbita del vecindario.
Está bien que los intelectuales critiquen los gobiernos, el estado de la cultura, los contenidos de los diarios, el mercado, el clima y la composición de los crepúsculos (yo he visto varios asaz chapuceros). Pero deberían saber que nadie resiste cantaletas de 300 páginas, como las de Vargas, Vallejo, Fuentes o Lipovetsky, para salirme un tris del vecindario. Lo dicho: la edad…
El ensayo corto puede ser amargo y parcial (por ejemplo, las columnas de Nicolás Morales en Arcadia), pero un ensayo largo no puede hacerse a punta de bilis y monsergas. Debe reconocer, digamos, que al amarillismo le debemos denuncias graves, como las cacerías de elefantes del rey de España o en qué gasta la nobleza el dinero del erario, amén de cambios tan importantes como la aparición de los capítulos sobre la vida privada en los manuales de historia.
En Los bárbaros, ensayo sobre la mutación, Alessandro Baricco también se ocupa de formas populares de la cultura actual: Google, vinos, fútbol y libros (best sellers). Pero no las mira con ese aire arrogante del intelectual casposo: trata de entender la “frivolidad” de los jóvenes; se permite dudar de la “profundidad” clásica, la que él profesa; diagrama con levedad, sintetiza con tino y palia con poesía la pesadez de la erudición bruta. ¡Aprenda, Vargas, aprenda, que Baricco no le va a durar siempre!