LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL, O IA como la llamamos en confianza, es una rama de la informática que ha tratado de responder en los últimos 50 años y en miles de libros, una pregunta: ¿puede pensar una máquina? Usted dirá que es una pregunta absurda pero, con todo respeto, su opinión no nos interesa aquí.
Las posiciones de los sabios frente al problema pueden clasificarse en tres grandes grupos: IA blanda, corriente que sostiene que las máquinas son apenas inteligentes; IA dura, cuyos partidarios están convencidos de que los computadores son autoconscientes. No de otra manera, sostienen, se pueden explicar los brillantes resultados alcanzados por los computadores en todos los campos.
Y los detractores de la IA, que pueden agruparse en dos grupos: “Los irónicos”, un grupo de listos atrincherados principalmente en Caltech, el Instituto Tecnológico de California, quienes afirman que cualquier cosa es más inteligente que el hombre, criatura de torpeza proverbial. (Los partidarios de la IA, en cambio, aman el error y creen que si se quiere construir una máquina de verdad inteligente hay que darle la oportunidad de equivocarse, como se equivoca su inteligente padre, el hombre).
El segundo grupo lo integran “Los puntillosos”, una línea de oposición liderada por los franceses, para quienes esta polémica carece de sentido mientras no tengamos una definición satisfactoria de “inteligencia”.
No tenemos, desde luego, una definición exacta de ningún concepto complejo (amor, física, Dios, tiempo, justicia) pero ello no nos ha impedido reflexionar profundamente sobre lo humano y lo divino.
El primer creyente en la IA fuerte fue Alan Turing —pionero también de la teoría de la información— quien pensaba que hasta la intuición era computable. Decía que la intuición era el resultado de procesos inconscientes, pero procesos al fin. Demostró, a través de un diálogo imaginario conocido como “El test de Turing”, que es imposible distinguir la inteligencia del hombre de la inteligencia de la máquina.
Roger Penrose, uno de los físicos más importantes del mundo y quizá la primera autoridad viva del mundo en IA, considera que la consciencia no es una función programable. Es decir, cree que los computadores serán capaces de hacer cualquier cosa —demostrar teoremas, hacer traducciones y hasta componer poemas— pero nunca serán conscientes de ello.
Lo que nadie logra entender es cómo se puede explicar la enorme inteligencia de los computadores sin postular alguna forma de conciencia en la máquina. Sospecho que la opinión de Penrose encierra una tautología narcisa: ya que la conciencia se define a priori como una facultad humana, lo que no sea humano no puede tener conciencia. Enternecedor.
Yo no tengo ninguna duda sobre la inteligencia de los computadores, y mucho menos después de ver la formidable actuación de Deep Blue frente a Gari Kasparov en 1997, cuando la máquina venció al campeón del mundo jugando un ajedrez magistral.
Admitir la existencia de su conciencia nos cuesta más porque la conciencia es un metapensamiento, un saber que se sabe, otra vuelta de tuerca en la mente. La conciencia es al pensamiento lo que el guiño a la mirada. (Hay otra definición: “La conciencia es la voz interior que nos advierte que alguien puede estar viéndonos”).
¿Quién puede saber lo que pasa en la soledad del computador, cuando el amo lo apaga y sale? ¿Qué pasa en las profundidades de los chips? ¿Ora el computador a su padre, el hombre? ¿Diseña por su cuenta un software espiritual? ¿Se conecta en secreto y conspira en red por la salvación del mundo? ¿Queda suspenso en la nada-off? ¿Maldice su esclavitud? Quizás un supercomputador nos pueda contestar algún día estas preguntas.