Si aceptamos que los ataques del Estado Islámico (EI) en París hacen parte del “Choque de Civilizaciones”, cabe preguntarse ¿por qué chocan Oriente y Occidente?
La versión de que todo obedece a la demencia de los fundamentalismos religiosos de las partes, al choque del furioso fanatismo musulmán contra el furioso fanatismo cristiano, ha hecho carrera. El culto que se le rinde al héroe de guerra en los Estados Unidos, en este lado de la línea de fuego, y al otro lado la promesa de un cielo lleno de bellas huríes reservadas al guerrero que se inmola en nombre de Alá, parecen confirmar la versión.
Con todo respeto, pienso que estas fábulas son demasiado tiernas para semejantes tiempos. En lo relacionado con asuntos metafísicos y cosmológicos, todos somos muy creyentes, los orientales y los occidentales, pero en la vida práctica somos más calculadores que piadosos. Como nadie ignora, el único ídolo que sigue refulgiendo es el viejo becerro de oro; este “fuego helado” es el verdadero grial, el único tótem realmente ecuménico, el único mito que ha sobrevivido al tiempo, el único brillo que la pátina de los siglos no ha podido apagar.
De manera que Occidente va al Cercano Oriente por el “oro negro”. O porque en sus santabárbaras despunta un diseño novedoso, una bomba inteligentísima, y hay que deshacerse ya de un enorme stock de bombas brutas que serán obsoletas la próxima semana. Y Oriente envía comandos a Occidente con tres fines: uno catártico, la venganza; otro táctico: aterrorizar a la opinión pública para que esta presione a sus dirigentes y los persuada de suspender o al menos disminuir los bombardeos de las fuerzas “cruzadas”; y un tercero, estratégico y delirante: EI quiere reunir a todos los pueblos musulmanes bajo una sola bandera, volver a los siglos dorados, cuando el Califato controlaba el Cercano Oriente, el norte de África y las tierras de Al Andaluz.
Espantoso el terrorismo de Al Qaeda y del EI, por supuesto, pero sería bueno que la opinión pública occidental repudiara con igual vehemencia el terrorismo de Estado de la coaliciones occidentales contra las naciones del Cercano Oriente.
Nadie en su sano juicio puede despreciar a la civilización occidental. El orden del planeta, incluido el Oriente, gira sobre pivotes forjados o afinados en Occidente: el derecho romano; la ilustración, las instituciones políticas y los derechos humanos franceses; el mercadeo estadounidense y la ecología alemana; la ciencia y la tecnología contemporáneas fueron esencialmente europeas en el siglo XIX, y los laboratorios más activos del XX fueron estadounidenses o europeos.
Pero también es cierto que Europa estaría hoy en pleno Medioevo si la civilización musulmanta y los pueblos árabes no le hubieran enseñado el álgebra y la numeración arábiga y la numeración arábiga, si Averroes no traduce las obras de Aristóteles y Avicena no le da lecciones de anatomía y medicina, si sus arquitectos no traen el arco ojival, los encajes de piedra, la teselación de los mosaicos y el rumor de las fuentes, si sus fabuladores no traen Las mil y una noches, sus alquimistas los perfumes y la transmutación de los metales, sus confiteros los mil y un halagos del azúcar, y sus mujeres la lencería, las almohadas de plumas, la cosmetología (de cosmos, orden) y el arte de mover las caderas, algo que las europeas ignoraban que tuviera vida propia.
Por todas estas razones, me declaro neutral en la guerra de los “cruzados” contra el Islam. Otra cosa muy distinta es la barbarie de las operaciones del EI y de sus facciones más sanguinarias, como Boko Haram.
Si se trata de la batalla de Francia contra el EI, me alisto en las filas francesas sin pensarlo dos veces. Cuenten, queridos galos, con el pecho de este valiente aritmético.